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Herramientas del Psicoanálisis, para la Cultura y las políticas

“Pero, siendo mi propósito escribir algo útil para quien lo lea, me ha parecido más conveniente ir directamente a la verdad real de la cosa que a la representación imaginaria de la misma. Muchos se han imaginado repúblicas y principados que nadie ha visto jamás ni se ha sabido que existieran realmente; porque hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que quien deja a un lado lo que se hace por lo que se debería hacer, aprende antes su ruina que su preservación: porque un hombre que quiera hacer en todos los puntos profesión de bueno, labrará necesariamente su ruina entre tantos que no lo son”
Nicolás Maquiavelo en El Príncipe


Fui protagonista desde mitad de los 50 hasta la de los 70 del siglo XX, de la pugna por cambiar la política y las sociedades, e instalar el paraíso en la tierra. Ejercimos decididamente la política. Asumimos todos sus riesgos, incluida la equivocación. Soñamos que, como decía La Internacional[1]: “la Tierra será el paraíso, patria de la Humanidad”. O sea: con lo imposible[2]. Escribo impresionado aún por una fuerte crítica que Envar El Kadre[3] hizo en 1982 en su vuelta del exilio, a su accionar guerrillero y el de otros, en la revista Humor. El reportero, también impactado, le preguntó por qué su autocrítica era tan descarnada. Contestó que lo hacía para que los jóvenes no tropezaran dos veces con la misma piedra. No tengo esa esperanza, la piedra reaparecerá de tal manera, que no parecerá la misma. El tropezón será imposible de evitar. Alcanza con observar el resurgimiento de fanatismos fundamentalistas monoteístas, fogoneados por sectores diversos de corporaciones diversas. Pero igual que “Cacho” trato de avisar, de no resignarme a lo imposible. No dejo de desear.

Política: primera aproximación

¿De qué se ocupa la política? De regular el funcionamiento entre los hablantes seres[4], decidiendo la reinversión y redistribución del plus, que sus goces producen diariamente. Arbitra modalidades de producción y comercio. Funciona siempre, bajo la tensión de intereses que representan deseos y goces diferentes y hasta contrapuestos. Lo que exige se conformen gobiernos con poder suficiente, para decidir el rumbo de dichas regulaciones. Esas decisiones, no pueden no ser sintomáticas. Porque son tomadas en disputas y transacciones, entre quien o quienes, estén agenciando el discurso y las fuerzas de que dispongan en contrapeso los otros que buscan agenciar. Según como y con que respondan los otros a dicho agenciamiento, se producirán transacciones contingentes[5] o fracasos y ocurrirán giros, en los vínculos entre los interesados. Durante miles de años las políticas eran impuestas, principalmente con el recurso de las armas.

Se argüían creencias, o se declaraban afanes expansionistas[6] y apropiadores. Los libros sagrados, grandes reservas del discurrir humano, dan respuestas sin explicitar preguntas. Las revoluciones norteamericana y francesa pusieron en cuestión, lo que después de la caída de las repúblicas griegas y romana habían pasado a considerarse derechos naturales. Libertad, igualdad y fraternidad, fueron las consignas que proclamaron quienes las hicieron. Las dos primeras no dejarán de ser de totalización imposible[7]. A ellas, las sociedades pueden acercarse más, o menos, según como logren trabajar la castración que las imposibilita. O sea: laborando desde las limitaciones impuestas por la estructura que enajena al efecto sujeto, impidiéndole desprenderse totalmente, de su función de objeto en su relación con el Otro. Otro, como lugar del lenguaje, de la lalangue[8], de la Ley (de prohibición del incesto), de la castración y como consecuencia inevitable, de la diferencia, de la desigualdad. Otro, constituido por las arandelas de un nudo Borromeo y de un cuarto nudo nominador[9]. Anudamiento que mantiene atrapado al ser hablante como objeto “a” en su cruce central.

La fraternidad fue inaugurada en la Biblia con Caín asesinando a Abel y repuesta repetidamente, en parábolas como las del Hijo pródigo, etc. Martín Fierro[10], sabiéndolo desde su inconsciente, recomendó: “Los hermanos sean unidos/ esa es la ley primera/ que si entre ellos se pelean/ los devoran los de ajuera”. Dicho de otra manera, para que la fratría se una, tiene que responder a alguna ley. Su unión no es natural, lo “natural humano” es el infierno de las diferencias, que imposibilitan facturar el cese de la conflictividad social así como la re-signación a dicho infierno. Dicha ley, obedece a la necesidad[11] de no ser devorados por otros. La experiencia social lo ratifica, repitiendo diferencias que no cesan de escribirse, sostenidas por lo real, lo imposible, que no cesa de no inscribirse[12]. Algunas “empresas recuperadas” [13] o el enfrentamiento entre obreros mineros bolivianos de Huanuni en octubre del 2006, lo ilustran. La inmensa mayoría de los hermanos sólo funcionan unidos, mientras las necesidades se lo exigen. Cuando se producen valores en plus comienzan las disensiones. De ahí la exigencia retroactiva, que haya lo que cargue con las funciones del: En Nombre del Padre (Tótem, Dioses, Dios, Sabiduría imposible, etc.) Pasaron por ese lugar: ¿matriarcas?, padres, tíos maternos, jefes tribales, estrategas, césares, mandarines, diferentes formas de reyes, señores feudales, sultanes, líderes revolucionarios, jefes de democracias, tiranos, dictadores, etc. En cada circunstancia se cumple dicha función, según peculiaridades contingentes y rasgos singulares de quienes cargan con ella.

Entre las herencias de Marx, Engels y Lacan

Carlos Marx y Federico Engels, fueron los herederos más radicales y lúcidos de la Revolución Francesa y quienes llevaron más lejos el análisis crítico del capitalismo. El Capital, de Carlos Marx, es el mejor análisis existente de la lógica capitalista. Lo fundamentó en su teoría del valor. Lacan, por lo menos a partir del seminario El Revés del Psicoanálisis, hizo explícitamente suyas las aseveraciones de aquél, sobre dicha noción. Creo que también, las conclusiones que planteaban las teorías marxistas sobre las condiciones objetivas para las crisis sociales: el conflicto entre el desarrollo de las fuerzas productivas, con el modo imperante en las relaciones sociales de producción. Creo que por eso dijo, que Marx fue el primero que discernió el síntoma[14]. En cambio se burló irónicamente de la creencia en la revolución, diciendo que era una vuelta de 360o, o sea: un gran tour que vuelve al punto de inicio.

Importancia de la teoría del valor. Mi apoyo y mi crítica

Traigo al recuerdo que Lacan planteó desde muy temprano que una pregunta funda al “parlettre”[15] en el lazo social. La pregunta por el reconocimiento del otro. Luego hubo discípulos[16], que trataron de quitarle importancia arguyendo que estaba fundada en lo imaginario. Lo imaginario es un registro tan imprescindible como los otros. Además, como cualquier pregunta, está tensada desde los tres registros. Dicha pregunta Lacan la introdujo con formulaciones diversas. ¿Qué quiere el Otro de mí? ¿Qué me quiere? ¿Qué soy para el Otro? ¿Qué soy en el Otro? Es una pregunta clave. Uno se la hace todas las mañanas, todas las noches y todos los días. Es realmente nodal por una razón muy sencilla, el ser parlante no puede funcionar de una manera relativamente pasable, si no lo hace en vínculos sociales. Por lo tanto, siempre tiene que estar preguntándose qué quiere el otro de él y qué es él para el otro. Esas preguntas las reduzco a una: -¿Cuál es mi valor para el otro? Y según la inversión del mensaje -¿Cuál es el valor del otro para mí? Si se atiende al resultado final, las parejas se sostienen o se separan en función de esa pregunta. Si el otro vale para mí lo suficiente, voy a hacer todo lo posible para que no se vaya de mi lado. Si yo valgo para la otra lo suficiente, ella también tratará de hacer lo posible para que no me vaya de su lado. En el momento que ese valor cae, se acabó la pareja.

Claro que las cosas no son tan sencillas. Un concepto fundamental de Freud del que Lacan nunca se desprendió es el de sobredeterminación. El síntoma está sobredeterminado, y no somos otra cosa que productos sintomales. La estructura del lenguaje instala aquélla pregunta como clave para subjetivarse, aunque no llegue a enunciarse en la conciencia. Pregunta por deseos y por los límites de los goces. De ahí también, que sea pregunta clave en la economía política. Subtiende el esfuerzo para que el ser parlante funcione en lazos sociales, en relación con sus deseos y sus goces. Por eso afirmo, que éste, lógicamente es: un homo eroticus argutus. Como consecuencia: mercator, faber, sapiens. En castellano: a partir de su erogeinización y juegos en la primera infancia, será luego, con mayor o menor grado de sublimación: mercader y/o fabricante. Lo que le exigirá buscar saber. Pero a punto de partida, en el deseo de comerciar. No puede vivir, por fuera de comerciar lo que producen otros y él mismo, sea como vendedor o como comprador. Aunque imaginariamente esto aparezca invertido, se fabrica a partir de las exigencias de comerciar. Por las faltas, por las carencias, por los plus. Podemos suponer al homo erectus prehistórico, intercambiando en el seno de los núcleos familiares. Desde el amamantamiento y la sonrisa entre madres y cachorros, hasta utensilios, frutos recolectados, peces pescados y animales cazados. Gozamos canjeándolos, usándolos, y haciéndolos.

Ergo, el sector dos de la economía, -comercio y servicios- es por lo menos, tan importante como el uno -producción-. Creo que Marx subestimó y en cierta manera despreció el comercio, con lo cual generó condiciones para que los socialismos reales se fundamentaran entre otras condiciones en una organización piramidal planificada y centralizada del intercambio. ¿La consecuencia? Arrasamiento de deseos y goces de los sujetos. ¿Resultado? Se inutilizaron sus economías y volvieron al capitalismo.

Mi hipótesis: la pregunta por el valor, es de respuesta imposible.

Ciento cincuenta años de historia demostraron que la solución planteada por Marx, lamentablemente, era errónea. Él decía y con razón, que valor no es lo mismo que precio. La pregunta por el valor que se hacen los economistas no es la pregunta por el precio. ¿Es posible decir qué valor tiene una mercancía? Marx descubrió que el valor no proviene ni de la materia, ni de la tierra, ni de los componentes primarios de la mercancía, porque en última instancia, son existencias naturales. Sólo cuando están transformados y combinados sus componentes, donde ya no son tierra, ni agua, ni pasto ni vegetales silvestres, son mercancías. Eso ocurre cuando ha intervenido el trabajo del hombre. Entonces, lo único que le da valor a las cosas es el trabajo del hombre. Marx plantea con razón, que el valor, en definitiva se reduce al trabajo humano. Al resumirse el valor en el trabajo humano, puede ser escrito así:
Valor = Trabajo Abstracto
Trabajo concreto

Marx llamó Trabajo Abstracto al trabajo del productor y Trabajo Concreto a su precipitación en la mercancía producida. Obsérvese que en el, queda excluido el vínculo social necesario para la producción de mercancías. Y la verdad que sostiene al discurso del amo y que Marx enuncia, - el goce de lucro del amo-. De él, su deseo. De su escisión de sujeto en falta ($). Marx lo enuncia, pero excluye su función de agente[17]. A partir de dicha exclusión, Marx plantea que el valor producido por el trabajador es el equivalente del trabajo producido por éste, deducidos los costos necesarios para su producción y reproducción. La plusvalía resultaría, restado lo que se le paga al asalariado, el plus de valor del que se apropia el patrón. Si una mercancía se vende a Z + X y al asalariado se le paga X, el patrón se apropiaría de Z. Lacan fue muy influido por este cálculo de Marx, tanto es así que planteó en varios lugares que su plus de goce es equivalente a la plusvalía de Marx, llegó a hablar de Marxlust. Pero también, en la misma oportunidad, Radiofonía (recomiendo leer este trabajo a los que estén avanzados en el estudio de Lacan) dijo: todos nos quedamos en las costas del goce. Plurisemia que alude a que ninguno desembarca en el núcleo del goce. ¿Cuál sería ese núcleo? ¿El incesto y cualquier Otro goce que no debería haber? Si alguno de nosotros desembocara en el núcleo del goce, ¿se excluiría del lazo social y dejaría sin goce a todo el resto o se entregaría absolutamente a ser gozado por los otros? ¿Sería el imaginado padre de la horda primitiva[18], o cómo La Ciencia nos goza? Otro sentido de esa enunciación de Lacan alude a que todos pagamos costas, por la parcialidad de goce a que arribamos. Cada uno, paga un costo.

Otro acierto/ dificultad que hay en Lacan alrededor de esta cuestión, está en que plantea el plus producto - plus de goce, en relación al discurso del amo antiguo. Re-escribo el discurso del amo antiguo, el del capitalista y los lugares de todo discurso.
Discurso del Amo Discurso del capitalista Lugares
S1 S2 $ S2 agente otro $ a S1 a verdad producto

En ambos, el objeto “a” es el producto final. Que Lacan lo haya planteado en relación al discurso del amo antiguo, me pareció una dificultad. Porque lo que planteó Marx, fue que la plusvalía sólo era posible a partir de la sociedad capitalista en tanto fue la primera, en la que los hombres podían vender “libremente” su fuerza de trabajo. El esclavo no vendía su fuerza de trabajo, él era vendido como un combo y se lo ponía a trabajar. Con los siervos de la gleba pasaba parecido. El siervo no era comprado, sino que pertenecía a la tierra que trabajaba y ésta pertenecía al señor feudal. No había venta libre de la fuerza de trabajo. En 1972 en Milán, Lacan escribe el discurso del capitalista[19]. En él, efectivamente el hombre vende su fuerza de trabajo "libremente". Es una libertad, relativa al contexto socioeconómico en que lo hace. ¿Cómo pensar aquella diferencia entre el planteo de Lacan y el de Marx? Creo que Lacan tuvo razón, en el sentido de que la supuesta libertad para vender la fuerza de trabajo, puso el fenómeno en la vidriera, -ya que estamos hablando de venta -, por lo que fue más fácil verlo. Pero la mirada engaña. En verdad, el dueño del esclavo y el señor feudal, también tenían que pagar el trabajo del esclavo y el trabajo del siervo. Tenían que pagarlo para que pudiera hacerse posible su producción y reproducción. También había comercio de la fuerza de trabajo, vía apropiación violenta de la persona o del tributo.

O sea: también podría haberse calculado el valor de que se apropiaba el patrón, calculando lo que producía cada esclavo o cada siervo y restándole lo que se le dejaba para su producción y reproducción. Tal es así que en buena medida la esclavitud cayó, porque se hizo disfuncional económicamente para producir con máquinas industriales. A los capitalistas les conviene mucho más tener sueltos a los trabajadores, vendiendo su fuerza de trabajo, que como carga de familia. Los vaivenes del mercado laboral van determinando, cuanto paguen los patrones por cada trabajo.

Fue un error, -estimo que de Engels-[20], haber supuesto la existencia de un comunismo primitivo. Los etnólogos y antropólogos no la supusieron, y estoy de acuerdo con ellos. Hasta lo que sé - y creo que nadie ha dado pruebas de algo distinto, -siempre existieron jefaturas de tribu y sacerdotes, como funciones diferenciadas del resto. Esto, aún cuando hubieran estado organizados en casas comunitarias primitivas. Hay quienes sostienen que antes del patriarcado hubo matriarcado, cosa que es probable según la tradición oral en las canciones africanas. También algo de esto traslucen mitos griegos y japoneses. Además en situaciones sociales particulares suelen haber intentos o formas veladas de vuelta al matriarcado. Que sepa, no hubo ninguna sociedad donde no haya habido jefes y donde esos agentes no hayan obtenido beneficios particulares de la posición que ocupaban. Cosa que los jefes, encuentran muy sensato. Jefes revolucionarios, -aún antes de acceder al poder-, disfrutando de beneficios materiales que los de jerarquía inferior no disfrutaban, lo explicaban así: “-Entendé al compañero. Ha arriesgado tantas veces la vida, ha estado en tantas cosas...” La diferencia, justifica la diferencia.

Entre los enunciados de Marx y los discursos del amo antiguo y el del capitalista de Lacan, se fue estableciendo una equivalencia muy evidente: TA / TC es absolutamente equivalente al elemento de la derecha, en aquellos dos discursos propuestos por Lacan. O sea:
TA = S2
TC = a

Goce, en la nomenclatura propuesta por Lacan no quiere decir placer, tampoco sufrir. Sino sentir el cuerpo, sea por placer y/o por el sufrimiento. Marx decía: “A lo largo del proceso de trabajo, éste se trueca constantemente de inquietud en ser, de movimiento en materialidad”[21] Obviamente si hay alguien que siente el cuerpo es el trabajador. Podemos agregar, a esta altura del industrialismo informatizado e hiper comunicado, la mayoría de los patrones también[22].

Hasta aquí se puede creer que Marx va acertando: los amos se quedan con una plusvalía que produce el trabajador. Pero a Marx, producto de sus ideales muy enlazados aún con los de la Revolución Francesa, le quedó afuera una función. Como decía arriba, la Revolución Francesa se hizo según las consignas de Libertad, igualdad, fraternidad. Consignas ambiguas, imposibles. Primero, porque la libertad en términos absolutos es imposible, de donde la democracia en términos similares también. Por eso mismo hubo, hay y habrá, políticos que las levanten como utopía. Estimulan así a luchar por acercarse a ellas. Igualdad: en toda revolución, siempre hubo algunos que fueron mucho más iguales que otros. Por ejemplo, quince veces más iguales que otros. Número concreto, sacado de estadísticas. Un obrero soviético, ganaba uno y un miembro de la Nomenklatura ganaba quince. No me parece mal ni bien, eran trabajos y responsabilidades diferentes. Sólo trato que elaboremos rigurosamente el tema del valor. Sobre Fraternidad, recordemos la historia de las revoluciones. Los que se hermanaron para hacerlas, luego, generalmente se mataron por diferencias sobre como soportarlas. Casi no hubo revoluciones, en las que jefes no se hayan matado entre sí.

Creo que Marx renegó de la función del agente, en razón de que los ideales de la revolución se le aparecían absolutamente consistentes, al idealizar a lo que nominó clase obrera y porque no discriminó amos de ricos. Lacan sí los diferenció, en el Revés del psicoanálisis. Dicha diferencia es muy importante. No siempre el amo es rico, no siempre el rico es amo. Ser rico y no ser amo, es ser parásito, vivir de rentas heredadas de otros. El amo arriesga su capital. Algunos más, otros menos. Hay unos más aventurados que otros, pero se desloman para hacer funcionar las cosas[23] en su empresa y que ésta salga adelante en el mercado. No idealizo a los amos. Alguien que viene de abajo y trabaja cercano a la cúspide de una corporación de las más importantes de la Argentina, recordaba cuando era chica y en su familia de escasos recursos económicos, la principal preocupación era como llegar a fin de mes con dinero para comer. Lo recordaba, después de haber participado en discusiones de la plana mayor de la corporación, sobre como hacían ese mes para tener dos puntos más de ganancia que la principal competidora.

El tema no era ni siquiera tener más plata para reinvertir, sino, quien la tendría más larga ese fin de mes. Quien se llevaría el valor fálico como trofeo. Estoy hablando de nosotros los humanos en general. Porque la mayoría de los trabajadores, y más en la época de la burguesía al suponer que venden libremente su fuerza de trabajo, no se proponen ser amos. También hay los que sí se lo proponen. A veces lo logran, otras fracasan. Pero la mayoría, ni se lo proponen. ¿Por qué? Porque quieren vivir tranquilos bajo la protección del patrón. Ilusión poco afortunada, como lo mostró el período de fines del 2001 en la Argentina en el que un montón que creían vivir así, se encontraron de golpe sin patrones ni paraguas.

Dicha renegación en Marx de la función del agente por su ideal de igualdad, lo llevó, tal como a los anarquistas y al resto de los socialistas, a suponer que podían funcionar sociedades sin amos. Apostaron a educar la conciencia de los trabajadores. Se ilusionaron con elevar la conciencia de la supuesta clase. Con que los obreros pasaran de ser una clase en sí, a una clase para sí. El descubrimiento de la función del Inconsciente[24] y del ser hablante atrapado como objeto entre los 3 registros y la función de nominación[25], desnuca dicha ilusión. Los anarquistas no llegaron a instituir nunca alguna sociedad trascendente que funcionara con mínimos niveles de eficacia. A los comunistas los amos les volvieron rápidamente desde lo real de sus propias burocracias. Parte numéricamente importante de los que son patrones capitalistas hoy, fueron dirigentes comunistas en los territorios del socialismo real. Pero, si la función agente no es eliminable, el valor no puede ser calculado sin que entre en el cálculo lo que produce lo que ocupe dicha función.

O sea, el trabajo humano del que dirige a los trabajadores. Sino existiera, no habría trabajo factible para los asalariados. El cálculo de Marx, a mí modo de analizar, resultó erróneo. Pues mientras la producción del trabajador es relativamente[26] calculable, -ya que no todos trabajan igual-, la del amo no lo es. No es mensurable en horas de trabajo sino en resultados de su dirección. Estos no se miden sólo en horas de trabajo y balances contables. En los últimos años se han incorporado a las evaluaciones para establecer el precio de venta de una empresa: su prestigio en el mercado, su capital de saberes para sus producciones, su management, etc... El cálculo del trabajo del trabajador no agente, no es calculable en términos generalizables, aunque sí se puede establecer una media. El del agente no es calculable ni como media, su valor no es mensurable por el esfuerzo físico que realiza, sino por los resultados en la función que cumple. Los obreros cumplen su turno y se van. Cuando hacen horas extras, con razón exigen cobrarlas.

Hay amos que trabajan más, otros menos. Que los trabajadores ganen y el monto de lo que ganen, depende mucho de la viveza del patrón y de la capacidad de defensa de su salario de los trabajadores. ¿Cómo medir la viveza? ¿Sacando el balance a final del año de la empresa y calculando qué porcentaje le corresponde a dicha viveza? Además, hay otros factores tan subjetivos como la viveza. Por ejemplo el goce del riesgo, que lleva a ganar fortunas y pasar de ser nada a posicionarse entre grandes. Pero también a quiebras. ¿Cómo evaluar? A lo sumo, se puede aproximar a un cálculo retro significador. Igualmente, dicho cálculo deberá tomar muchas variantes, incluido el azar.

En consecuencia, el valor, por imposible de ser calculado complica el cálculo del valor de cambio.
Los laberintos de los precios
¿Cómo hacer para calcular si conviene o no comprar tal mercancía y cómo calcular su precio en dinero, supuesto equivalente universal? Cuando Freud empieza a hablar de psicoanálisis, utiliza un lenguaje económico. Habla de economía libidinal, de relaciones de objeto, de comercio sexual. Lógico, pues al primar la función significante para la estructuración del hablante ser[27], su comercio también está en la base de cómo se estructura la economía. Es la gran herramienta que tenemos a favor y en contra los humanos. Cada producción de un plus real, exige nuevas combinatorias y retro-significaciones en búsqueda de significarlo. Significación que no se logrará sin que un resto vuelva a quedar sin significar. De ahí que los precios, que no son lo mismo que los valores, y más aún la decisión de si algo se fabricará o no; se resuelven cruzando variables que parten de la relación entre la función de una mercancía como valor de uso y su costo de producción.

Vivimos a tal velocidad, que difícilmente advertimos la cantidad de oficios que van cayendo y los nuevos que se van generando. En los cuales tiene mucho más importancia el saber hacer intelectual, que el hacer manual. La entrada de la informática a la producción transformó todo, incluso el valor los hombres. Cambió las elecciones de edad para cargos directivos. En la década del 80, 90 se produjo un fenómeno por el cual barrieron con todo directivo que tuviera más de cuarenta años y pusieron jóvenes de entre 25 a 35 porque manejaban bien la informática y las nuevas técnicas de “management”. Los mayores, no iban a aprenderlas o tardarían demasiado.

Después advirtieron que los de 25 a 35 no tenían experiencia de vida y un análisis de la misma, lo que resultaba más fácil encontrar en los de 40 a 50. Manejos aventureros de jóvenes “yuppies”, fundieron corporaciones descomunales. La tendencia actual, es colocar a los de 30-40 al frente y de segundos, gente de 50 o un poco más. Combinan así la rapidez de los más jóvenes para adaptarse a los cambios tecnológicos, con vidas de las que se haya sacado experiencias. Nuevamente la cuestión del valor ¿Por qué y en cuánto, perdieron valor los que antes tenían valor supremo, y lo ganaron los que no lo tenían?

El valor proviene del valor de uso, en su cruce con el costo dinerario y con el lugar que ocupe dicha producción en el deseo y el goce de quien la agencie. Marx planteó en los comienzos de su obra mayor[28]: “La mercancía es, en primer término, un objeto externo, una cosa apta para satisfacer necesidades humanas, de cualquier clase que ellas sean. El carácter de estas necesidades, el que broten por ejemplo del estómago o de la fantasía, no interesa en lo más mínimo para estos efectos. Ni interesa tampoco, desde este punto de vista, cómo ese objeto satisface las necesidades humanas, si directamente, como medio de vida, es decir como objeto de disfrute, o indirectamente, como medio de producción.” Es una definición que coloca a la mercancía en el cruce, entre deseo y goce. El valor de uso de una mercancía depende del servicio que preste a quienes la adquieran. Servicio no sólo práctico, sino también por el lugar ocupe en las fantasías, más allá y más acá de sus necesidades. Probablemente esta de Marx, fue antes de Freud, la descripción más aproximada de deseo y goce y de su soporte en fantasías. Marx la dio definiendo mercancía y valor de uso. Entonces: Fórmula de la decisión de un agente de producir o no una mercancía:

Costo de producción Valor de uso = Decisión de producirla o no
Goce de producirla <> Precio
Hay una cantidad de bellísimos objetos que han pasado a ser antigüedades y no se producen más. ¿Por qué no se producen más? Porque la relación del valor de uso y de la demanda que convocarían dichos objetos, no tiene relación con el costo, la cantidad de horas de trabajo y de inteligencia, que habría que aplicar para producirlos. Pero entonces: ¿cómo puede ser que se estén vendiendo obras de arte por 145 millones de U$S? ¿Por qué tienen ese precio? ¿Por el trabajo socialmente acumulado, como diría Marx? Sí, si incluimos en él, el deseo del Otro. Deseo que se despierta en quien causado por él demanda y teniendo condiciones de posibilidad paga, por la exclusividad del original. Entonces, incluyo en la facturación, no sólo al agente actual y sus trabajadores; sino también al deseo, el goce y las condiciones de posibilidad del demandante. En los 90 los economistas reconocieron un circuito complejo al advertir que la demanda podía ser sugerida por la oferta. Invirtieron la suposición imaginaria habitual de que algo se demanda porque es necesario. Promovieron producir ofertas elaboradas a través estudios cuanti-cualitativos de mercado para imponerlas a través de la publicidad en los mass media. Recordemos cuántos aparatos con enorme cantidad de funciones que no usamos nunca, hay en nuestras casas. Caeremos en cuenta entonces, que esos señores tuvieron razón. Supieron engendrarnos la demanda, llevándonos a renegar la castración, a través del goce de poseer algo que no usaremos; pero que nos hace suponer completos.

Por la existencia del deseo y del goce, el valor de uso no es efecto de alguna necesidad, excepto en los muy carentes y hasta cierto punto. En los que pasan hambre, lo primero a resolver es eso, pero no sólo. En los 90 se había producido la primer hiperinflación y habían ocurrido los primeros saqueos en Rosario, mas específicamente en el barrio Las Flores. Salió una nota en Página 12[29] que contaba el siguiente diálogo: “-Sabe señorita, ahora tenemos un montón de champú en casa- confesaría un pibe de ocho años después de la batalla de las góndolas. –“Entonces te lavaste la cabeza”-. Alcanzó a preguntar la maestra. –“No, si lo tenemos para vista.” Ni siquiera en ellos, apretados por la necesidad, subsistía sólo esta. De ahí que haya tantos oficios y empresas, como deseos y goces en sus relaciones asintóticas. Asintótico viene de asíntota. En geometría dícese de la curva que se acerca de continuo a una recta o a otra curva sin llegar nunca a encontrarla. La relación entre deseos y goces es así, en el mejor de los casos. A muchos, le funciona en paralelo y a otros en contradicción, lo que les resulta mucho peor. El entusiasmo por diferentes oficios y emprendimientos[30], está muy articulado a dicha relación asintótica.

La pertenencia del hablante ser por estructura, al campo del narcisismo moebiano[31], en relación con el desamparo estructural y la pulsión de muerte; hacen que por su deseo y para su goce necesite de la existencia del mercado. Mercado en el que cada uno va a tratar de hacer prevalecer sus intereses. El beneficio dinerario proviene no sólo del cálculo que pone bajo la lupa al deseo y goce del empresario o del artesano para producir su mercancía y el campo de demanda que arme, sino también de cómo se sitúa dicha producción en el cruce con la competencia. Tiene que tener un precio competitivo. Los precios resultan sintomales, transaccionales según las condiciones en que se los fije. La problemática de la libertad de mercado reside en que los que comercian no pueden no tender a acotarla según sus propios intereses[32]. La tendencia de las corporaciones a los monopolios y los oligopolios, arrasa la libertad de mercado y estimula las guerras pequeñas (mafiosas) y grandes, geopolíticas y/o sociales. Cuando en el “socialismo real” se eliminó la libertad de mercado, se aplanaron las sociedades y terminaron derrumbándose los regímenes totalitarios que las implantaron.

La política, continuación de la guerra por otros medios.

A diferencia del general Karl Von Clausewitz que decía: la guerra es la continuación de la política por otros medios[33], pero una diferencia que no es contradictoria, creo que la política es la continuación de la guerra por otros medios, simbólicos – imaginarios. Ofrecen la ventaja de producir menos derramamiento de sangre. Pero ambas prácticas se retroalimentan. La tendencia predominante en los seres humanos, es a sacar ventajas en los intercambios, en pos de lo cual apelan a todos los medios posibles. Si no hay muchas más guerras que las que ocurren, no es sólo por el peso de la Cultura, sus ideales y mandamientos, sino también porque los cálculos de las correlaciones de fuerza y de los daños probables; pueden impedirlas o detenerlas. A contrario sensu: el masoquismo erógeno primario, la pulsión de muerte, la “buena prensa” de presentarse como víctima, la agresividad especular, el sadismo presente en todas las pulsiones: germinan semillas guerreras.

Vuelvo entonces, a la pregunta por el valor. Se la enuncia o no, pero está en toda/o, ser hablante habitado por deseos singulares y tributario de goces particulares. Parejas, hijos, padres, empleados, trabajadores, amos, la inmensa mayoría está tomada por ella. Y de los que no, muchos funcionan psicóticos, por fuera del lazo social y de las deudas mutuas. Los psicóticos no se preguntan qué quiere el otro de mí. Están invadidos por el goce del Otro, a través de alucinaciones u otras producciones que los someten a su arbitrio y no le permiten preguntarse. El psicótico, difícilmente se siente tributario de deudas que lo instalarían en el circuito de lazos sociales, lo que no excluye que puedan sentirse ferozmente culpables. Pero las culpas son impagables, no alojan en ningún circuito. La pregunta no se les produce y justamente por eso quedan fuera de los lazos sociales. Lo sepan o no, los hablantes que buscan psicoanalizarse, lo hacen deseando encontrar cómo situarse en los lazos sociales con la menor renuncia a sus deseos. Para lo que deberán perder aquellos goces que los obstaculicen. De ahí, que psicoanalizar, sea tan imposible como gobernar y educar. No puede no haber fallas, en cada uno de estos oficios. Si no renegamos de la castración en el lenguaje, de un modo u otro, en todo oficio. No obstante, mientras mejor se desarrolle un análisis, quien se analiza encontrará para enfrentar la vida contingencias[34] preferenciales.

Sé que sólo he encarado algunos temas. Especialmente uno, el del valor, que considero medular para analizar y producir políticas. Quedaron afuera otros no poco importantes. La masificación, como necesaria e inhibidora. ¿Clases o corporaciones? La singularidad del sujeto, como contingente y generadora. El individuo indiviso, como sólo factible masificado. La política, según Maquiavelo, como arte de lo posible. La subversión como contingencia. La imposibilidad de la democracia como absoluta. El establecimiento de equilibrios sociales y su duración, como resultados de circunstancias contingentes. El carácter disgregador del capitalismo financiero, en su reducción fundamentalista a la ganancia de dinero. Y muchos otros, que serán tomados en un libro que tengo en preparación.

En memoria de los caídos en la Semana Trágica, de los peones rurales fusilados en la Patagonia, de Jorge Calvo, de Miguel Angel Fariña, de Juan Ingalinella, de los caídos el 16 de junio de 1955 bajo las bombas de Isaac Rojas, de Felipe Vallese, de los fusilados de José León Suarez ,de Adolfo Rotblat, de Daniel Grinbank, de Carlos Mugica, de Atilio López, del mayor Alberte, de Roberto López, de Lucho Aguirre, de Enriquito Grinberg, del negro Quieto, de Marcos Osatinsky, de Eduardito Marino, de Sergio Schneider, de Huguito Goldman, de Marcelo Kurlat, de Marina Malamud, del “gallego” Fernández Palmeiro, de René Salamanca, de José Luis Cabezas, de Jorge Julio López y de tantos otros miles, asesinados por tratar de lograr una sociedad mejor.




[1] Himno del movimiento obrero internacional, letra de Eugène Portier y Pierre Degeyter
[2] Me refiero a la categoría modal, redefinida por Jacques Lacan en su seminario Encore, como “lo que no cesa de no inscribirse”, o sea, un saber al que resulta radicalmente imposible acceder. Sobre el uso que hago de inscribir en lugar de escribir, particularmente en función de lo real, lo imposible. No es producto de que no conozca la traducción de Paidos, sino de una reflexión. Con lo escrito también suele ocurrir como con el habla, que "las palabras se las lleve el viento". A veces algo de lo real puede llegar hasta a escribirse, lo cual no asegura que se inscriba en el tesoro de significantes, en el Otro de las, o de alguna lengua. Un desgraciado ejemplo reciente fue, tal vez, el Tsunami. Científicamente hay mucho escrito sobre dicho fenómeno. Tal es así que la tecnología facilita colocar sensores que los detecten anticipadamente. Sin embargo, ante la cercanía del que asoló a Birmania, los animales huyeron a las alturas. No así los humanos, que no sólo no huyeron ante la inminencia de lo que se aproximaba, sino que muchos, después de producido el primero acudieron a las playas a recoger los restos que el mar dejó sobre ellas en la primer retirada. Fueron devorados por la segunda gran ola. Hubo escritura, pero no inscripción.
Me doy cuenta que estamos volviendo a reflexionar sobre lo inicialmente desarrollado por Freud en "El proyecto...." y que dio origen al concepto del aprês coup, tan importante como base inicial para el discernimiento por Lacan de la lógica temporal subjetiva. Puto el que lee esto, un cuento genial de Fontanarrosa, que nos recordó Jorge Garaventa con motivo de la muerte del Negro, subraya la importancia de la ligazón de la escritura a lo vivido y formulado en significantes aprehendidos, para que se inscriba. Sólo lo inscripto simboliza imaginariamente, o, imaginariamente simboliza mordiendo en lo real. Esa adquisición nos defiende de ser apresados por el trauma correspondiente.
[3] “Cacho” fue jefe de Los Uturuncos primero y después de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).
[4] Escritura de Lacan a contrario sensu de la gramática habitual, para subrayar la dependencia del ser, de su habla.
[5] Dentro de la lógica modal propuesta por Lacan: “que cesen de no escribirse”.
[6] Ver el artículo Derecho de defensa o cómo matar sin culpa de Laura Lueiro en www.psyche-navegante.com de agosto septiembre del 2006
[7] En el sentido del pie de página: 3
[8] Neologismo acuñado por Lacan en 1974 en la Tercera de Roma para aludir a la lengua que se va hablando efectivamente en diversos momentos de cada una, como efecto de neo formaciones que las formaciones de los inconscientes van inyectando, y que hábitos sociales adoptan, generalizándolas.
[9] Lo dibujé como un óvalo en el cruce entre real, simbólico e imaginario
[10] De José Hernández
[11] Que no cesa de escribirse, según la lógica modal propuesta por Lacan.
[12] Lacan en el mismo seminario
[13] COMUNICADO DE PRENSA
Ref. Hijos de desaparecidos engañados
Abuelas de Plaza de Mayo invita a la prensa nacional a una conferencia de prensa, el jueves 15 de junio a las 14.30 en Virrey Cevallos 592 PB1, para brindar su apoyo a cuatro hijos de desaparecidos que se vieron engañados en su buena fe por integrantes y ex integrantes de la administración de la cooperativa de trabajo IMPA, y para dar a conocer estos hechos.
Agueda y Ana Goyochea, Paula Iriart, y Nicolás Bai luego de cobrar la reparación económica otorgada a los familiares de desaparecidos durante la última dictadura militar, decidieron entregar una parte, en préstamo, a esta cooperativa. Los responsables de administrar y devolver el dinero -Eduardo Murúa, Guillermo Robledo, Diego Kravetz y Oracio Campos- nunca cumplieron con su palabra y es por eso que los jóvenes quieren hacer público su reclamo.
Buenos Aires, 14 de junio de 2006.
[14] Por lo menos en Radiofonía y Televisión
[15] Condensación homofónica que Lacan hizo en francés, entre habla, ser, letra, para recordar las distinciones constitutivas del ser humano.
[16] En los años 80, Jacques Alain Miller
[17] Como todo agente, no deja de serlo en apariencia. La estructura decide, él sólo tiene escasos márgenes.
[18] Sigmund Freud: Tótem y Tabú
[19] Conferencia para la revista Il Piccolo Hans en la Universitá degli studi de Milano publicada por primera vez en español en Psyche en 1990.
[20] Ver en El origen de la familia, la propiedad y el estado, de Federico Engels
[21] El Capital volumen 1, sección 3a La producción de la plusvalía absoluta. Capítulo V. Proceso de trabajo y proceso de valorización
[22] Merece todo un artículo, las diferencias entre como se siente el cuerpo hoy, en la época de la revolución industrial, y en épocas previas.
[23] Lacan en La Tercera de Roma
[24] Por Freud
[25] Por Lacan
[26] Ver en Carlos Marx: Crítica del programa de Gotha
[27] Como referí antes, modismo particular usado por Lacan, para subrayar la función del lenguaje en la estructuración de los humanos.
[28] El Capital tomo 1 capítulo I
[29] Sergio Rodríguez en Nombres de la práctica página 226. Libro editado por la Escuela de psicoanálisis del Borda en diciembre de 1990
[30] La palabra empresa proviene de emprendimiento.
[31] En función del cual no es poco común que el yo, buscando su bien encuentre su mal.
[32] Dijo George Soros uno de los principales capitalistas financieros del mundo en el diario La Jornada de México: “Dejados a su propio arbitrio, los mercados financieros son proclives a conducir a extremos socialmente destructivos. La falacia de atribuir calidad moral al mecanismo del mercado cala aún más hondo. Lo que distingue a los mercados es precisamente que son amorales, es decir, las consideraciones morales no encuentran expresión en precios de mercado.”
[33] En su magna obra: De la guerra
[34] En el sentido que toma lo contingente, en la lógica modal reformulada por Lacan. Lo que cesa de no inscribirse

Tacatac tacatac

Sección: Acrílicos urbanos
Título: Tacatac tacatac, tacatac tacatac, tacatac tacatac
[1]


Era enorme. ¡El más grande!. Pelo blanco, totalmente blanco. De grandes bigotes también blancos. Barba mal afeitada, canutos blancos, que cuando me levantaba y me besaba a pesar de que yo doblaba el cogotito lo más que podía para qué no, me raspaba con suavidad y dolor. Pero a pesar de su cara de lija, ¡cuánto lo quería!. Cuando tenía mi cuello lo más estirado y lejos posible, aprovechaba y me hacía cosquillas con sus bigotazos. Que orgulloso me sentía cuando me venía a buscar para llevarme a pasear. Él casi no hablaba. Eso sí, me decía Pichi. Pichi Pichi. Me tomaba de la mano que se perdía en la suya y me llevaba a ver pasar los trenes. Caminábamos en silencio. Sólo se oía silbar a su pecho. Como un adelanto de lo que luego iba a escuchar de las locomotoras. Miraba siempre adelante, tristemente, pero siempre adelante. Su mirada se perdía lejos, muy lejos. Yo no sabía adonde. Hoy recuerdo y creo que se perdía en su amada Sevilla que nunca más volvió a ver. Caminaba despacioso. Ahora me doy cuenta que seguía mis pasitos y los de su asma. Seguro, me apretaba la mano de la que me llevaba para evitar sorpresas de chico y yo sentía sus huellas agrietadas por la cal. Mi abuelo era albañil.

Caminábamos por la subida de Brasil. El trote cansino de los percherones tirando de los carros cargados de carbón, el ruido hueco de sus cascos sobre el empedrado y ese olor inconfundible de mucho Cooke quemado. Qué curioso. Él y mi abuela decían carbón de coque y hasta muy grande, 20 años o más, yo creía que a la planchita de hierro mi abuela la calentaba en carbón de coco. Tardé mucho en relacionar el coque de ellos con el Cooke de los ingleses. El peñón siempre se metió en el medio.

Finalmente llegábamos al viejo puente de metal, bah yo creía que era viejo –vaya a saber-. Nos parábamos, mis narices contra el enrejado entretejido. Parecido al de madera de la casa de la tía Antonia. Mirábamos pasar los trenes. Su mano no aflojaba la mía. Iban y venían, sonaban los pitos de las locomotoras y el tacatac, tacatac, tacatac, tacatac, al compás de las bielas de las locomotoras. Una vez él, mirando una mucho más chica que tenían dentro de una vitrina de vidrio en el hall central de la estación Constitución, me dijo que no era un juguete como yo quería, sino una maqueta y que lo que yo creía que era su brazo se llamaba biela. Por eso desde muy chico supe que eran: maqueta y biela. Ninguno de mis compañeritos de la primaria lo supieron hasta que fueron mucho más grandes. Y yo orgulloso, usaba cada vez que podía las palabras biela y maqueta.

Y cuando pasaban los trenes aspirábamos largas bocanadas de humo negro y olíamos ese olor que largaban tan de abuelo. Mientras, yo sentía vibrar el piso del puente bajo mis pies. Pero no me asustaba, me sentía seguro. Porque mi abuelo me tenía de su mano.

Pero mi abuelo se murió. Era el invierno de 1944, mi abuelo estaba triste. Otra vez en Europa los hombres se mataban. Y en su Sevilla ondeaba la bandera de Franco. Que había perdido la franja morada de la republicana. Se ve que para él todo eso era muy importante. Porque mi abuelo no podía dejar de estar triste. Se ahogaba en su tristeza, hasta que el ahogo duró tantos días que su corazón dejó de bombear. Como si a alguna locomotora se le quebrara una biela. El Boby, que lo acompañaba siempre al lado del bracero mientras él tomaba mate y miraba triste, después que se lo llevaron en un carro muy grande y muy negro tirado por cuatro percherones negros y con todo el barrio haciendo silencio y entornando las puertas, se tiró en el umbral de su dormitorio y no comió más hasta que se murió 15 días después. Se ve que al perrito se le ocurrió lo que a mí no, que había una forma de seguir yendo con mi abuelo a mirar pasar los trenes desde el puente. Claro, él era un pichicho. Yo apenas un pichi.



[1] Este título debe ser leído en voz ligeramente alta para recordar en el cuerpo las vibraciones del tren.

La Peluquería

Me resultaba fascinante. La puerta del baño entreabierta, mi papá de pie frente al espejo del botiquín. Yo, mirando de abajo. Él, refregaba la brocha contra un pequeño recipiente hasta que la espuma de jabón recubría totalmente los pelos de la misma que quedaban enrollados y terminados en un puntita, como un rulo. Luego se mojaba la cara y se pasaba la brocha con el jabón espumado, hasta hacerlo explotar contra ella. Sabía mucho de brochas, porque era pintor de paredes... y de cuadros. Claro que con estos usaba pinceles que eran como brochas, pero chiquititos y chatitos a veces redonditos.

En cambio con las paredes usaba brochas parecidas a las de afeitarse, pero muu...cho más grandes. Con un mango de palo terminado en punta. En cambio el manguito de las brochas de afeitarse era distinto, de metal o de madera, pero torneado con firuletes. Así decía mi papá: con firuletes. Yo no entendía muy bien, porque cuando bailaba con mi mamá, también decía que bailaba la milonga con firuletes. Se ve que los firuletes son importantes. Cuando se había llenado de espuma la cara, agarraba la maquinita -de hierro, con un manguito que se atornillaba arriba a una chapita que tenía dientes, sobre la cual ponía la hojita de afeitar. Con esta había que tener mucho cuidado porque era muy filosa y cortaba. ¡Sí me habré cortado veces, haciendo deberes para la escuela, o cuando se me dio por hacer barriletes, o avioncitos con madera balsa! Porque la yilet, servía para muchas cosas. Luego se colocaba otra chapita medio curvada más chica, y finalmente se atornillaba el manguito. Terminado de hacer todo eso mi papá se pasaba la maquinita por la cara y se sacaba la espuma explotada.

Yo no entendía para que se la ponía, si después se la sacaba. Algo me imaginé, cuando me acordé de que mi abuelo el español, cuando se ponía cariñoso me raspaba la cara con la suya que tenía barba. Seguramente mi papá se sacaba eso con la maquinita, para no rasparme la cara. Mi abuelo, el teniente coronel, también se afeitaba. Y yo tampoco entendía. Y menos aún, porque los fines de semana en vez de hacérselo él, venía Carmelo el peluquero para afeitarlo y cortarle el pelo. Se ve que era costumbre de militar eso de cortarse el pelo todos los sábados. Mi papá lo estiraba más, igual que yo, a una vez por mes. Eso sí, los tres, ¡Americana bien corta!. Nunca supe si por moda o para ahorrar. Además, cuando venía Carmelo, lo afeitaba con navaja a mi abuelo. Me encantaba ver como estiraba una especie de cuero que tenía, y sobre él afilaba la navaja. La navaja iba y volvía sobre él, de la mano de Carmelo, que en cada cambio, con un movimiento de los dedos que yo casi no veía, daba vuelta el filo sobre el cuero. Así que era de un lado y del otro, de un lado y del otro.

Luego, para probar si había quedado filosa, usaba la yema del pulgar izquierdo. Valiente Carmelo, yo no entendía como no se cortaba. Si andaba mi papá por ahí, se armaban unos debates interminables sobre que era mejor, la navaja o la maquinita -como llamaban a la otra-. El peluquero y mi abuelo defendían la navaja y decían que mi papá no entendía nada porque era joven. Más adelante mi papá me iba a decir lo mismo a mí -que yo no entendía nada porque era joven-. Siempre los viejos se creen que los jóvenes no entienden. A veces tienen razón, otras, son ellos los que no entienden. Pero, durante la semana, el tatata se afeitaba solo. Después, no sé si fue porque tuvo más plata o por los fomentos, el tatata los sábados iba a la peluquería. Corte de cabello, afeitada, fomentos, cuidado de manos. Esto último mi papá no lo entendía. Le parecía cosa de "minas". Que lío con esta palabra. Mucho tiempo creí que los mineros eran los hombres que tenían muchas "minas". Después eran los que andaban sucios de carbón y tomaban mucho vino. Recién empecé a entender un poco más, cuando empecé a apoyar sus huelgas. Mientras, yo miraba asustado la cara de mi abuelo envuelta en toallas que echaban humo, después me dijeron que era vapor, lo que no me aclaraba demasiado. Carmelo para calmarme me daba algún caramelo. ¡Qué ricos que eran! Nunca me di cuenta hasta ahora, que Carmelo y caramelo suenan parecido. ¡Qué nombre Carmelo! Eran otras épocas, los nombres eran más impresionantes.

Mi papá tenía un primo, bah, el esposo de una prima, bueno tampoco, porque en la casa en que vivía estaba casado con otra mujer. A la prima de mi papá la visitaba seguido. Era linda la prima de mi papá. ¡Tan rubia...! Mi mamá decía que era falsa, que era rubia oxigenada. También me llevó mucho tiempo entender que diferencia hay entre las rubias y las rubias oxigenadas. Ella también tenía un nombre imponente, se llamaba Fermina, y él, el esposo que no era, pero que andaba en piyama por la casa de ella, se llamaba Marcial. Y lo era, era grandote... ¡mucho más que mi papá!, sin embargo no era militar. Decían que la había conocido en el Maipo, porque Fermina era corista del Maipo. Yo creía que cantaba. Pero no, parece que bailaba. Con muy poca ropa. Mi mamá la criticaba por eso, y porque tenía un hijo de padre desconocido. David se llamaba. Siempre me desconcertó que tuviera ese nombre. Más, cuando por un amigo de mi papá que se llamaba igual, me di cuenta que era un nombre que usaban los judíos. ¿Habrá sido judío el padre desconocido del primito de mi papá? Primito le decían, aunque era grande, un poco menor que mi papá, pero no mucho. Porque parece que Fermina lo había tenido cuando era muy chica.

Se ve que algo le pasó a David con esa mamá, porque en vez de novias tenía novios. Pero me enganché con los nombres y me fui de la peluquería. Era grande, linda, con baldosas blancas y negras como tablero de damas. Tenía una máquina grande como un tanque de acero, brillante, con un globo grande arriba. De ahí sacaba Carmelo los fomentos. Yo me imaginaba que si se enojaba, me podía tirar adentro y que eso sería como el infierno del que me contaba siempre mi tía Yolanda (otro nombre de esa época) Pero la verdad, Carmelo nunca me hizo nada malo. Fuera de cortarme el pelo. Pero que linda la peluquería. Grande como salón de baile. Casi como el correo que estaba al lado, con su buzón rojo en la puerta. Y el bar billares. Jugaban los Navarrita ahí. Que genios. Con un taco, tres bolas de marfil y un paño verde eran capaces de hacer cualquier pirueta. Pero a ellos no los retaban. A mí sí, no me dejaban hacer piruetas porque decían que me podía lastimar. Hasta me ligaba algún chirlo por hacer piruetas. Yo no entendía. ¿Si no querían que me lastimara, por qué me pegaban? Enfrente estaba la plaza. Que linda la plaza Flores. Primero por sus juegos. Después por las carreras de sortija el día de la tradición.

Después por las novias, los bancos, y las promesas. ¡Qué lindas son las promesas! En la librería que funcionaba al lado del correo, además de papel, sobre y lacre, vendían muchas cosas más. Entre ellas, unas tarjetas que traían declaraciones de amor para hacer en verso. Tal vez desde entonces se diga: "hacer el verso". El negro, mi primo que había llegado a jugar en la 3ª de Lanús y cantaba tangos, se las compraba, y cuando íbamos a bailar le recitaba de memoria a su compañera de baile la que correspondiera, según el color de pelo o de ojos. Y ellas se ponían locas, se creían que mi primo era un poeta. Se ve que no sabían lo de las tarjetas. Y él se reía con esa risa ingenua que tenía, creyéndose que era un "piola" bárbaro. Un buen tipo mi primo, un poco vago, pero buen tipo. Se recibió de letrista. Pintaba carteles para inmobiliarias, negocios y vidrieras. Vaya a saber por donde andará ahora mi primo el negro. La peluquería en el frente tenía un gran cilindro inclinado pintado a bandas blancas y rojas. Siempre parecía que estaba dando vueltas. ¿O estaría dando vueltas?

Mi abuelo el coronel, después de cada afeitada en la pensión, le regalaba la hojita que había usado a mi papá. Y mi papá la usaba tres o cuatro veces más. El tatata decía que a él le raspaban. Mi papá decía que no, que eran mañas de viejo, que las hojitas todavía servían. No creo ni una, ni otra cosa. Creo que lo que pasaba, era que esa era la forma que mi abuelo había encontrado para regalarle las yilets, y mi papá para aceptarlas. Disimulaban así, la diferencia económica que a mi padre lo agobiaba y a mi abuelo le dolía. Entenado, había sabido de pobrezas.

El coronel todas las semanas le compraba a Carmelo el mismo número de la lotería. La ilusión mayor era para navidad. Nunca sacó más que terminación. ¿Con que fantasearía mi abuelo cada vez que se compraba un número? ¿Repartir la plata entre los hijos, comprarse algo él, mandarle una parte a la "querida" que había dejado en Jujuy? Vaya a saber. Lo evidente, es que no era rico cómo creíamos nosotros.

Tres meses después de su muerte, pasó mi madre por la puerta de la peluquería. Carmelo la vio a través de la vidriera. La llamó, -señora, señora...- (en esa época todavía mucha gente se trataba con respeto) Mi mamá se dio vuelta y lo esperó, se dio cuenta de que algo le quería decir. Y se lo dijo. -¿Sabe? esta semana salió con el primer premio, el número que su papá me compraba todas las semanas.

La calesita de Yerbal

De las primeras veces que me llevaron, no me acuerdo. Según me dijeron fue a la del parque Lezama, en brazos. ¿Habrá sido de mi mamá o de mi papá? Me acuerdo de la de Yerbal. También la miraba de abajo. Los caballitos me parecían terriblemente altos. El coronel quería que anduviera solo en ellos. Quería que fuera valiente. Yo no. Estaba seguro que me iba a caer, y el suelo estaba muy lejos, además de que la calesita daba vueltas e iba rápido. Por lo menos así lo sentía yo y me daba mucho miedo. Así que las primeras vueltas también fueron en brazos, tampoco me acuerdo de quien. Después me sentaron en un asiento ancho y seguro, en lo que parecía un carro. Mis pies no tocaban el suelo, colgaban, pero no estaban tan lejos del mismo.

Además el carruaje estaba sobre el suelo de la calesita y lejos de los bordes. Ahí me sentía seguro. Aunque en cada vuelta no podía dejar de mirar a ver si mi mamá, o mi papá, o el coronel estaban. ¿Y si se olvidaban de mí y se iban? Pero no, siempre estaban. Así que poco a poco me fui ocupando de otras cosas. La primera que atrajo mi atención fue la sortija. Y los otros chicos que me fascinaban. Parados trenzaban sus piernas en el fierro que sostenía el techo de la calesita (siempre con forma de bonete de payaso). ¡Esos sí que eran grandes! Y tenían que pelearla, porque el calesitero hacía lo imposible para que no la saquen. Movía endiabladamente la muñeca y hacía mil piruetas con la pera de madera y la sortija. Pero alguno de ellos, siempre se la sacaba. Algunos se combinaban. Iban uno detrás de otro, ocupando varios palos de la calesita. Finalmente alguno lo agarraba cansado o mareado, que se yo, y se la sacaba. ¡Esos sí que eran grandes! No los chiquitos que sentados en los caballitos, estiraban la mano y el calesitero les ponía la sortija. ¡Así cualquiera! Jamás hice eso. Me daba vergüenza.

Cuando crecí un poco quise subir solo a la calesita. Me agarraba del fierro y tiraba levantando mi pata izquierda. ¡Que alegría el día que lo logré! Ahí sí sentí que había crecido. Y la sonrisa del tatata. Todos los domingos me daba un peso el coronel. Yo me los gastaba en figuritas y calesita. Más adelante vinieron las bolitas. Figuritas Godet. Venían con los chocolatines. Era fantástico. ¡Con lo que me gustaban los chocolatines! Encima traían esas figuritas tan hermosas. Brillantes, con los aviones y los soldados de la segunda guerra. La que más me gustaba era la del paracaidista cayendo con su paracaídas abierto y su ametralladora en los brazos, listo para tirar tiros. ¡Ese era valiente de verdad! Cuando me sacaba una y la miraba, me daba un poco de vergüenza recordar mi miedo a montar el caballito alto de la calesita. Pero después me consolaba pensando que al fin y al cabo yo era chiquito y el soldado grande. Seguro que cuando fuera grande yo también me tiraría en paracaídas con mi ametralladora bajo el brazo.

Cuando aprendí a subirme solo a la calesita, me di cuenta que había chicos que se subían con la calesita andando, y que se largaban andando también. ¡Igual que los grandes en el tranvía... y el colectivo! Se me metió en la cabeza que yo también tenía que hacer eso. Para ser grande... Así que un día, mientras esperábamos que parara la calesita, me solté de la mano que me tenía y salí corriendo. Cuando pasó el primer palo de la calesita salté y me agarré fuerte... y la calesita me arrastró un ratito. El suficiente para que las rodillas me sangraran como nunca había visto. ¡Qué jabón! Pero lo que pasó fue que cuando no alcancé al piso de la calesita y me quedé colgando pensé, -si me suelto me mato- y aunque aún no sabía que quería decir matarse, sabía que era algo terrible, porque mi papá siempre lo decía con tono terrible, así que decidí no soltarme por más que las rodillas me raspaban y mi cuerpo pegaba de un lado para otro haciéndome acordar a las banderas con el viento. Las manos de las que me había soltado vinieron rápido a socorrerme y consolarme, porque como se imaginaran lloraba como un marrano. Tampoco sabía que era un marrano, pero cuando lloraba mucho, mi papá me decía que lloraba como un marrano.

Un día supe que era llorar como un marrano y no me gustó. Me habían llevado al campo, a un lugar que tenía criadero de chanchos. Parece que había una fiesta grande. Se casaba alguien. Tal vez la hija del dueño. Sí, debe haber sido la hija del dueño, porque había tanta gente junta como yo no había visto nunca. Y encima comiendo. Me dieron ensalada de apio. Nunca volví a comer un apio tan rico. Y en un momento un señor juntó a todos los chicos que empezaron a gritar ¡padrino pelado! ¡padrino pelado! y a mí me extrañaba porque si bien era viejo, tenía como 35 años, no era para nada pelado. Se ve que todavía no era lo suficientemente viejo para ser pelado. Aunque yo conocía muchos viejos -mis 2 abuelos- que no eran pelados. Y el señor que no era pelado, igual no se ofendía y encima entró a tirar monedas para el aire. Así que cuando vi eso me tiré con el montón a agarrar todas las que pudiera. Pero estaba lleno de chicos más grandes que yo, así que tironeando y revolcado no agarré más que dos. ¡Qué lástima! Porque el padrino que no era pelado pero sí viejo, había tirado un montón.

Bueno, en esa fiesta, no sé a santo de qué, (esta frase tampoco sabía que quería decir pero se la escuchaba decir a mi papá cuando algo que hacía mi mamá lo malhumoraba) nos llevaron a conocer los criaderos. Cuando íbamos llegando al de chanchos, sentí unos gritos espantosos por los que pensé que estaban fajando a algún chico como yo, pero no, estaban degollando a un lechón, que también era chico pero chancho. Los únicos que había visto hasta entonces (no había televisión) era a los tres chanchitos dibujado en las ediciones de Constancio C. Vigil. Eran tan lindos y simpáticos, lo que era lógico, porque eran buenos. Dos un poco vagos, pero buenos. No malos como el lobo. Ese sí que era feo y malo. Además el tercer chanchito además de bueno era trabajador y encima con el oficio de mi papá y de mi abuelo el de los ojos tristes y los grandes bigotes. Así que no me gustó ver degollar al chanchito encima de una carretilla. Tampoco que juntaran la sangre para hacer morcilla. Ya cuando fui grande, tenía como 10 años, vi degollar chivitos. Me daba un poco de pena, mucho no me gustaba, pero lo disimulaba porque mis primas se ponían a llorar como unas tontas.

En general las mujeres no querían ver como los degollaban. Así que yo me las aguantaba, porque mi papá me lo decía siempre -los hombres no lloran- Así que estaban las mujeres que lloraban, los hombres que no llorábamos y mi mamá. Ella tampoco lloraba, sin embargo no era hombre. Bueno, era mi mamá.

Pero vuelvo a la calesita, porque me gustaba mucho la calesita. Tenía esa música... que después se fue perdiendo... ¡Qué lástima que se fue perdiendo, alegraba el corazón! Nunca me expliqué como se podía alegrar el corazón, pero además de que mi papá lo decía, yo sentía que se me alegraba mi corazón cuando cruzábamos para ir a la calesita y yo iba escuchando esa música. No sé que pieza tocaban, parecían todas iguales, pero tenían ese sonido que después le escuché al organillero -el del loro y las tarjetas con la suerte-. ¡Qué lindo sonido! Luego no lo escuché más.

Peor todavía, cuando llevaba a mis chicos, pasaban a palito Ortega cantando La Felicidad. No podía entender como podía ser feliz cantando tan mal. Se los digo yo que soy muy infeliz porque canto muy mal. Bueno, pero vuelvo porque me estoy yendo otra vez. Finalmente aprendí a subir caminando a la calesita. Así que tenía que aprender a largarme caminando como hacían los otros y los grandes de los tranvías y colectivos. Así que un día junté coraje y me tiré. Claro lo que yo no había observado era que para hacerlo había que hacerlo en el mismo sentido que iba la calesita. Me largué en sentido contrario, para que mi mamá que había quedado atrás me viera. Me vio... como me caía otra vez, esta vez de culo. Pero esta vez no lloré, no había sangre. Sólo el sacudón... y el susto. Cuando mis pies tocaron el suelo, sentí que todo se frenaba de golpe y que me tiraba para atrás. Los pies clavados en la tierra y la calesita que pasaba. Tuve miedo que la cabeza se me fuera abajo de la calesita, no tenía de donde agarrarme. Otra vez vi todo de abajo. Pero esta vez no me causó gracia, porque había muchos ojos mirándome de arriba y mi mamá retándome, total como no lloraba, era seguro que no me había pasado nada. Pero a mí la cola me dolía, pero estaba decidido a no llorar, me la iba a aguantar. Los hombres no lloran.

Unos años después (Más o menos 15), con el gordo Fresco salimos a la madrugada del Centro de Estudiantes casi totalmente borrachos. Habíamos perdido las elecciones y habíamos ido a festejar con los ganadores... ¿o a tratar de olvidar la derrota? no sé, pero estábamos repasados de vino. Me quedé dormido en la vereda del Congreso hasta que sentí las patadas del gordo en las costillas tratando de ver si me había muerto o estaba nada más que dormido. Estaba nada más que dormido. Entonces me dijo, -vení rajá que se nos escapa el 26, era el único de la noche. Así que a correr y subir con el bondi caminando. Llevaba en la derecha una valija llena de libros, así que me agarré con la izquierda, pero encima, del pasamanos trasero de la puerta delantera.

Quedé mal posicionado y encima los libros me hicieron de contrapeso en mi brazo malo, así que fui a parar abajo del colectivo, por suerte el chofer no había chupado y frenó a tiempo cuando vi las ruedas traseras que se me venían encima de la panza. Ahí me acordé de la calesita y lamenté no haber practicado más. Aunque siempre subía y bajaba del transporte en movimiento, como dice el cartelito que no hay que hacer. Así que no, no era falta de práctica, era que había chupado mucho. Esta vez tampoco me sirvió ver todo desde abajo. También me encontré con un montón de ojos. Pero ahora, me puteaban.

Madrugada de hermanos

Pocas cosas debe haber más lindas que un amanecer de invierno. Claro, cuando es seco, límpido y con sol. Si corre brisa, mejor. Un fresco suave y ligero recorre la cara recién despierta. Ligero, porque el sol si ya deslumbra, entibia la ráfaga.

Así era ese domingo. Lito, se había levantado temprano un poco malhumorado. No le gustaba levantarse los domingos a esa hora, pero había que laburar. Los tres pibes y la señora (que también trabajaba) se lo merecían. Era eso de las 7 y ya estaba en el auto. Un Corsa nuevo, recién comprado, el sueño de su vida. Trabajador “independiente”, había logrado al fin cambiar el viejo cascajo que se venía abajo en cualquier bache, por ese lindo “fierro”. Bueno, tampoco para exagerar. No podía negar que cuando veía pasar un BM... un respingo de envidia lo fastidiaba brevemente. Pero para la edad que tenía y el oficio, se la había rebuscado bien. Más, teniendo en cuenta que nunca aceptó un peso del padre. Estuvo preso por defraudar aceptando coimas, a la empresa del estado en la que era gerente de compras y el Lito, hombre de ley, nunca se perdonó. Claro que para el Corsa, la casa y el estudio de los pibes, él y la flaca habían tenido que deslomarse. No era la primera vez que se levantaba temprano y se iba a trabajar “un rato”, hasta las “pastas” del domingo.

Así iba, perdido en sus pensamientos, cuando lo agarró el semáforo de la villa que siempre lo agarraba. Paró a esperar la verde. Él no era de esos pequeño burgueses pelotudos que creen que porque ahí vive gente pobre era más peligroso que en otros lados, él respetaba las normas de tránsito y creía en la honestidad de los pobres. Por eso militó de joven en Clase Proletaria, el partido de vanguardia al que los obreros nunca alcanzaban.

En eso, por la ventana del conductor, por la misma que entraba la brisa, asomó un revólver y una cara odiante que le decía: corréte. Del otro lado, alguien abría la puerta y se sentaba apuntándolo con una pistola. En un santiamén quedó encerrado entre dos pibes, excitados. Nerviosos, temblorosos, lo puteaban y amenazaban mientras le daban unos culatazos en la cabeza y las costillas mientras le decían: ¡agacháte, tiráte al suelo boludo!. Lito no entendía nada. Eran pibes mal vestidos, con los jean y las zapatillas tajadas, los pulóveres desteñidos, igual que los pasamontañas que les semicubrían los rostros.

Asustado se tiró al suelo, sin atinar a decir nada. Sólo se le cruzaban los rostros de sus pibes y de la mujer. Quedó en el piso hecho un ovillo. Mientras, interminablemente el auto daba vueltas y vueltas. Los rebotes le informaban que eran calles llenas de agujeros y el “rascado” de las cubiertas, que se habían metido en tierra y barro. A partir de ahí la velocidad era escasa y el recorrido muy “enroscado”. Pararon, quiso levantar la cabeza para mirar y un culatazo del tercero que iba atrás, se la bajó sin apelaciones. Pero notó una diferencia, éste le gritó: “¡Bajá la cabeza imbécil!”. Éste hablaba distinto, usaba palabras como las que el mismo Lito solía usar. Además no se las tragaba, se las podía entender mejor. Eso sí, estaba tan acelerado como los otros dos. Seguramente estaban merqueados.

De pronto un grito del acompañante cambió todo. ¡Pará bolú que están los verdes!. El coche frenó de golpe, giró en seco y se metió de nuevo en el laberinto. Después, el mismo griterío, otra frenada y una chorrera de puteadas y palabras ininteligibles mientras el acompañante reventaba a culatazos a Lito que literalmente se estaba cagando y meando. Frenaron nuevamente, pero esta vez abrieron las puertas y con un arma entre las costillas lo bajaron al tiempo que ellos hacían lo mismo. Lito alcanzó a ver gente en las puertas de las casillas. Algunos miraban con rostros preocupados, otros risueños, la mayoría se metió adentro corriendo. Mientras, Lito escuchaba un griterío entre sus captores.

Trató de calmarlos. Tranquilos muchachos... ¿Qué quieren ...? Abrió la billetera y sacó los pesos que llevaba, también los dólares que había enrollado en la media izquierda. El “Nariz” se los agarró, mientras le gritaba al “Panza” que le apoyaba el arma en las costillas: ¡boleteálo, boleteálo...! Lito sentía como le temblaba la mano al “Panza” mientras decía: -¡No loco, no...! ¿Para qué?... Se metió Roby: hacélo, hacélo... ¿No ves que ya nos vió las caras?. Aterrado Lito atinó a decir: Herma..no, lleváte el auto, pero a mí no me hagas nada, no los voy a denunciar... no soy buchón... Tengo pibes ... Fue peor. ¿Ahh..., así que no sos buchón, nos querés tomar de giles? Dijo el Nariz... Ahora porque estás cagado, después rajás a batirnos... Sacudíle bolú, le insistió al Panza. Mientras Roby apuraba, ¡metéle el cohetazo y rajemos que se nos van a venir los gendarmes! Lito quiso salir corriendo y escuchó un estruendo como si el cielo se viniera abajo... sintió un dolor muy fuerte en la espalda... dio vuelta la cabeza y volvió a decir, ¡no hermano, no ...! Comenzó a caer... sentía todo en cámara lenta. Toda su vida pasaba por su vista como una película... La cara de la vieja dejándolo en el jardín de infantes, el nacimiento del hermano, las visitas a Devoto para ver al padre, el frío del patio de la cárcel y el viejo sin afeitarse tratando de darle explicaciones a la madre que no paraba de llorar. El primer baile... ¡le llamaban asalto!. El primer levante, la flaca... cuando conoció a la flaca... las primeras relaciones sexuales... el casamiento, el nacimiento de Cachito... y la nena... la nena... y Pichin... tan chiquito... Y cuando bailaba rock todos lo miraban, igual que hoy. Y ahora que le había tomado el gusto a una cumbia de vez en cuando. ¡Cómo lo divertía el desparpajo de Los Pibes Chorros!. ¡Qué frío, como pesan las piernas ...! Que sueño... los ojos se cierran... Se quedó dormido para siempre.

Mientras, los chorros, o secuestradores fracasados... vaya a saber qué, rajaron cada uno para un lado diferente. Eso sí, el Nariz primero le dio la guita al Roby. No quería “rollos” con el jefe.
Cuando salió de la villa, con el gesto de siempre, Roby se arregló la ropa, se pasó el peine, se limpió las zapatillas contra el Pierre Cardin que llevaba como jean, paró un taxi y se volvió a la casa en las Lomas de San Isidro. Era como las 9. Entró por la puerta de servicio y trató de subir sin hacer ruido. El padre, que como todos los domingos ya estaba en el comedor de la cocina desayunando y leyendo Ámbito Financiero, pegó un grito: -¡Vos no vas a cambiar nunca!. Roby hizo como que no lo había escuchado y siguió su ruta al dormitorio. Se tiró a la cama, se mandó el Dormicum de 15 y se durmió. Se despertó a las 5 de la tarde. Se bañó y se fue a darle el parte y la parte al jefe. El comisario estaba con cara de culo. Lo barajó con un -¡Pero ustedes son boludos o se hacen!. Suerte que lo limpiamos al negro de mierda ese, que si lo agarran los gendarmes y nos canta, vos y yo perdíamos. Roby no podía entender. –Jefe: ¿De quien habla?. -¿Cómo de quien, te hacés el pelotudo vos? Del Nariz. ¿De quien va a ser? Lo enganchamos cuando ya tenía a los gendarmes encima. Suerte que le dimos, sino nos bate a todos. Roby no lo podía creer. –No jefe, no, el Nariz era de una, jamás hubiera abierto la boca. –Ah... así que sos tierno vos, me parece que te va a hacer falta la medicina que la que le hicimos tragar al Nariz... –¡No jefe no, sabe que soy suyo hasta la tumba... mire, aquí está la guita, no tocamos un peso. Como siempre usted nos da lo que nuestro y yo le llevo su parte a los pi... digo, al Panza. –Bue... dáme y andáte. -¿Cómo andáte? ¿Y nuestra parte? -¿De qué me hablás? -¿Con dos fiambres en el medio, te traés unas monedas y encima me hablás de parte? ¡Olivá rápido o sos boleta vos también!

Roby se fue pateando piedras. ¿Qué carajo le decía al Nariz? Seguro que se perseguía paranoiqueando una mejicaneada. Los vió de lejos, estaba con su barra. El Negro, el Polaquito, el Barba, el Ojo. Estaban chupándose unas birras. ¿Iba? Por ahí lo querían fajar. Se tocó la máquina. Cualquier cosa pelaba. Contó. El Nariz ni pensó, de un solo botellazo lo durmió. Después habló: -¡Hijo de puta... currar al Nariz! Ayúdenme que lo tiramo’en la tosquera. Se lo llevaron arrastrándolo como si fuera un borracho. Don Julio los vio pasar y pensó estos pibes cada vez peor, el borracho parece un muerto. Ya en la tosquera le ataron un eje del ferrocarril abandonado al cuerpo y lo tiraron.

Después, desde el celular del Roby le hablaron al padre y le exigieron unos miles de dólares por el rescate. El viejo no les creyó, pensó que era otra avivada del hijo y los mandó a la puta que los parió. No quisieron insistir, estaba pesada la calle, no se habían preparado para la ocasión y los podían cazar.
¿La inseguridad urbana, vio?

Destino de pavos

Lo que les voy a contar ocurrió hace muchos, muchísimos años. En el otro siglo. Como miraba el mundo desde abajo, me parecía muy lindo. Me lo tapaban los capullos de las amapolas que cultivaba el quintero de la cuadra. Sí, en esa época no estaba prohibido cultivar amapolas. Las vendían los floristas en sus carritos de madera primorosamente fileteados, a veces de tracción, a veces de empuje a hombre. Y cuando mi mamá iba a la quinta a comprar flores o plantas, el dueño me dejaba corretear por su campito lleno de amapolas. Miraba para arriba y sólo veía amapolas... mariposas, y un cachito de cielo. Quería cazar a las mariposas, pero se me escapaban. Era muy chico.

Era linda Yerbal (entre Bolivia y Artigas). En esa época bolitas eran sólo las del "hoyo quema" o el buen "reple". Sí se decía ruso, tano, gallego. Esos eran los que venían a "hacerse la América". Todas casas bajas. Habían sido mansiones de fin de semana. La mayoría habían sido transformadas en pensiones. Era un buen lugar para eso, pegado a la estación Flores del ferrocarril oeste[1]. Además del campito estaba la calesita de enfrente. Era de las de motor.

Claro, estaba en el centro del barrio pujante, cerca de la plaza. A mí me gustaba más que las de caballo, como la de mi prima que vivía en Matanzas. Ahí casi todo eran baldíos y no había floristas porque todos los vecinos tenían jardín. Dos piezas sin terminar, un bañito que congelaba el pis, una cocinita, pero eso sí, jardincito. Siempre con flores. Malvones en invierno, Alverjillas en primavera. Rosales. Difíciles los rosales. Por las hormigas. Se ensañan con ellos. Un trapito con kerosene enroscado en la parte baja del tronquito las paraba un poco. Pero no mucho. Difíciles las rosas. Que cosa el kerosene, servía para todo. Para el Primus, que permitía en la pieza de la pensión y a escondidas de los dueños que se hacían los que no sabían, cocinar las sopas y guisos correspondientes. Para el pelo, cuando te atacaban los piojos. Para lustrar metales, cuando no había plata para el Brasso. Para la estufa a velas, cuando el matrimonio había "progresado" como para comprarla en cuotas. Claro que tenía un inconveniente. En épocas de escasez había que hacer cola desde las 7 de la mañana en la estación de servicio para conseguir llenar la lata de 5 litros. Como era el mayor, el garrón me tocaba a mí. Y que frío.

Claro, porque el kerosene escaseaba en invierno, como ahora el gas. Cuando volvía con la lata llena, que pesaba un montón, de grande me enteré que 5 kilos, mi abuela Isabel me esperaba con un té de cedrón. Me cuidaba mi abuela. Era tan cariñosa. Así que yo me tragaba el cedrón. Pero no me gustaba, además con el jarrito de aluminio que se me pegaba al labio. Pero los enlozados eran muy caros. Nunca más probé el cedrón, algún día lo voy a hacer. Para recordar a mi abuela, y porque tal vez sea rico. Tal vez no me gustaba por el aluminio caliente que me pelaba el labio. O por el frío previo, vaya a saber, era como que me descomponía el estómago. Pero vuelvo a los cuatro, porque esto último es de los 8 o 9.

Mis viejos habían progresado. Tenían trabajo los dos y al mismo tiempo. Además mi viejo había terminado la primaria de noche y de noche estaba estudiando en el Krause. No se iba a quedar atrás -la esposa era maestra-. Así que en la pensión consiguieron una especie de departamentito. Habían sido las habitaciones de la servidumbre en la época que la casa fue mansión de fines de semana. Dos habitaciones bajas y un bañito con balcón al patio. En el balcón, había una enredadera que daba unas hermosas y extrañas flores que no vivían fuera de la planta. Mi abuela materna, que era muy creyente, decía que se llamaban Corona de Cristo. Mi papá que era Republicano español decía que se llamaban Pasionaria. Una correntina que trabajaba en la cocina de la pensión (porque los más adinerados tomaban "pensión completa" con desayuno, almuerzo y cena) la nombraba Mburucuiá. Que lástima que no preferí Mburucuyá, ¡sonaba tan dulce!

Yo tenía un patio enorme para correr, con una gran palmera en el centro. Que grande era mi patio. En él, corriendo, me construí reinados árabes, batallas de coboys, abordajes de piratas... que se yo... tanto me construí.

En las habitaciones de adelante, las más lindas, vivía el coronel. Dos enormes habitaciones. En una, el dormitorio. En la otra, el comedor. Hombre imponente el coronel. Con su cara aindiada o semita, nunca lo voy a tener claro -porque encima se apellidaba Espinosa- su pelo duro, agrisado por las canas, siempre con las manos atrás, caminando de un lado para otro, como si siguiera de guardia. También continuaba levantándose a las cuatro de la mañana. ¿Se habrá dado cuenta de que ya no vivía más en el cuartel? Tipo gaucho el tatata, así le decíamos. Con su tarjeta de teniente coronel retirado (a pesar de lo cual todos le decían coronel) ayudaba al que se le acercaba a pedirle un favor. ¿Y el general Bissio? Siempre venía a visitarlo. Me lo acuerdo alto, calvo, con una cicatriz que le rajaba la frente. Por un asunto de polleras. Había ido a duelo. Suerte que fue: "a primera sangre". Gracias a eso mi abuelo (el tatata) seguía teniendo visita. Y yo escuchando sus aventuras. De cuando estuvieron en la campaña del Chaco. Le temían más a los mosquitos que a las balas.

Tenían que ir a cagar en los yuyos y terminaban con los culos enrojecidos de ronchas. Y en esa época no había antihistamínicos ni corticoides. Por suerte las mujeres usaban enaguas hasta los tobillos. Bien planchaditas con almidón, los milicos las usaban como campanas. Se las enfundaban, se ponían en cuclillas y a cagar tranquilos. Quedaban ridículos los milicos, según contaban ambos en medio de risotadas, pero con el culo a salvo.

De almidones sabía mi abuela. La del cedrón. Había sido planchadora de cuellos duros. Contaba que ponía a calentar la planchita de hierro en el carbón de "coque". Recién de grande, de muy grande, me dí cuenta de que no era carbón de coco, como yo suponía, sino de piedra, que los ingleses llaman cooke. Mi abuela española, vecina del peñón de Gibraltar, lo había españolizado. Para ella era de coque. Ella que no sabía escribir, leer sí por propia cuenta, estaba más acertada que el nieto médico que seguía creyendo que era de coco porque la abuela lo había dicho. El abuelo español, era una cara triste de grandes bigotes blancos y pecho hinchado por el asma. Yo era su pichi y su perro el Boby. Cuando mi abuelo se murió, el perro se tiró en el umbral de su pieza y no comió más hasta que 15 días después, también él se murió. Se ve que el Boby lo quería mucho a mi abuelo. Todo eso en la casa de Lanús, que mi abuelo había construido con sus manos y herramientas de albañil y con las manos de mi padre.

Así veía yo al mundo en ese entonces -mi mundo-.
Una escena que no me olvido nunca, empezaba por los oídos. Escuchaba unos silbidos lejanos y me iba corriendo a la calle. Venían los paveros. Alpargatas, pantalón gris oscuro sostenido con una faja ancha y negra de frisa o algo así. Camisa blanca, boinas. Ahora que lo cuento se me da por suponer que eran vascos. Arriaban una tropilla de pavos, muchos. Yo no sabía contar. Cada arriero llevaba una caña larga (de grande supe que se llamaban Tacuara, y en China Bambú) con un gancho en la punta. Silbaban y con las cañas les iban marcando los límites del camino. Cuando alguna vecina los paraba, discutían el precio, la vecina elegía el pavo y alguno de los dos arrieros lo enganchaba del cogote.

El pavo gritaba esa mezcla de eructo y gárgara que tienen para hacerse escuchar, pero no había caso, ni piedad. Era arrastrado a las manos del ganchero que con un hábil golpe de trompo lo estrangulaba sin darle casi lugar a que se sintiera mal. Distinto de una vez que vi a un tío cortarle la cabeza a un pato, y al pato salir corriendo descabezado por todo el fondo hasta que cayó. Igual no era lindo. Más que la cabeza de los pavos tenía cierto parecido con la de mi abuelita española que también era de cara manchada, arrugadísima y con nariz aguileña.
Tal vez por eso me cuesta quedarme en las tropillas. No me gusta el destino de pavo.
Era lindo el mundo cuando sólo podía mirarlo desde abajo. Por suerte han pasado los años y ahora estoy pudiendo otra vez, mirarlo desde abajo. No me lo tapan las amapolas, me gustan las ilusiones.



[1] En el barrio homónimo de la ciudad de Buenos Aires

Psicoanálisis: entre las turbulencias del ser objeto y las angustias de los efectos sujeto

Los tiempos que corren, corrieron más de cien años de psicoanálisis. Con su descubrimiento del Inconsciente, Freud inició la ruptura epistemológica[1] del psicoanálisis con respecto a las diferentes disciplinas que se ocupan del “alma humana”. Cien años después, merced al trabajo de aquél y de continuadores como Winnicott y Lacan, podemos encontrar una estructura formal lógica que sostiene la práctica de los psicoanalistas más actualizados, que amplia dicha ruptura epistemológica y le da más rigor. Ese desarrollo metodológico, también permite sustraer nuestra práctica, de los límites exclusivos de trabajar sólo con las neurosis y en los límites de la consulta singular.

Propongo explicitar dicha lógica desde, una constante y discreta retrosignificación fundada en el nudo Borromeo, el cuarto nudo y los matemas discursivos de Lacan y otros desplegados por algunos de nosotros. Desde ese axioma, la retrosignificación viajará por objetos a, atrapados cómo pérdida y gozando gozados, habitando el espacio potencial entre los cuatro lazos en el que transcurren los fenómenos transicionales que acompañan lo real de la vida de cualquiera de nosotros. Por lo tanto: tensados desde los tres registros de la experiencia de vida, ante circunstancias reales, en las cuales pugnan pulsiones y deseos son trabajados en discurso y lazo social.

¿Qué digo, en esta síntesis brutalmente condensada?

La neurobiología ha logrado discernir de un modo experimental positivo, que la palabra tiene tantos efectos sobre el sistema neuronal, como los psicofármacos. Este arribo de las investigaciones fisioneurológicas que ratifica al descubrimiento freudiano, es un paso muy importante, pero insuficiente. De él, se pueden colgar: los cognitivos conductuales, los sistémicos, y hasta esoterismos varios. Cada una de esas prácticas puede lograr resultados varios, pero ninguna de ellas, la amplitud y profundidad que logra la psicoanalítica. ¿Dónde radica la diferencia y en qué se fundamenta?

Radica, en que el buen psicoanalista, pone en juego todo su aparato perceptivo, para registrar lo que el hablante emite verbalmente y de varias formas más. Sea en la soledad del consultorio o en muchas otras formas de trabajo. Ese alerta perceptivo, al que Freud llamó atención libremente flotante, presta atención a las diferencias, registrando las letras, –esos emergentes litorales entre lo simbólico y lo real[2]-, que convocan a la escritura de otro significante que lo que la meseta de los dichos van emitiendo. Ese significante, en ese punto habrá mostrado una nueva representación de sujeto y deseo Inconsciente, para aquellos otros significantes que el contexto metonímico ha ido escribiendo. Pero ese litoral, es el mismo en el que la pulsión presiona como goce excedente y a pérdida, entre lo somático y lo psíquico. Esa lógica es la que se le pierde a cualquier otra “terapia” en su accionar a “pura conciencia”. ¿Por qué se les pierde? Porque no aceptan la información que ofrece el psicoanálisis con respecto a la estructura formal que rige a esos animales que somos, diferentes de cualquier otra especie.

Diferentes en tanto la disposición y evolución del habla se fue estructurando en lenguaje. Lo que nos permitió una incidencia sobre la naturaleza, para bien y para mal, que ninguna otra especie tiene y que pagamos al precio de la ignorancia producida por la imposibilidad de decir, de escribir todo. La que resulta en nuevos “agujeros negros” más amplios, en el saber cada vez más amplio que adquirimos. Eso nos lleva en esos puntos a ignorar radicalmente, los efectos de nuestro accionar sólo captables en el a posteriori de acto, rescribiendo la expectativa previa. Aquellas “terapias”, rechazan la información del psicoanálisis sobre que las estructuras básicas del lenguaje penetran en los hablantes tempranamente, a través de la actividad civilizatoria de los agujeros que el cuerpo usa para incorporar y eliminar. Penetración llevada adelante principalmente por quienes ejercen las funciones maternas y resignificadas en dicha ruta según quienes las sostienen dejen entrar las palabras paternas y según como éstas, sean usadas por quienes deben ejercerlas.

En ese complejo proceso, se van constituyendo las pulsiones y disponiendo la presión de sus energías libidinales como efecto del desprendimiento de sus objetos y lo que los vaya representando, o de faltas de desprendimiento. Ese desprendimiento nunca es total y sus consecuencias perviven como restos más o menos importantes en lo neurótico de cada uno, en las alucinaciones de las psicosis, en la fijeza de determinados objetos y prácticas eróticas en las perversiones. En cada una de esas producciones, encontramos diferentes formas de objetos y fenómenos transicionales. Los que transcurren en el espacio potencial[3] del juego en la infancia y se prolongan luego en el espacio potencial de lo real de la vida, espacios no planos, como los dibujó Winnicott, sino cruzados en por las tres dimensiones de la experiencia y sus tres registros. Registros que se articulan anudándose, no sólo en la constitución de las fantasías sino también en la estructuración de los actos de cada uno y luego en su retrosignificación. Justamente, de cómo observamos a nuestros pacientes jugar en y con las potencialidades que les brinda la vida, proviene buena parte de los insumos que nos permiten reconstruir sus fantasmas para que hagan con y en ellos, algo distinto a lo que los mortifica. Estas cuestiones, son las que hacen que se pueda suponer al espacio recortado por los nudos, como potencial para lo que ocurra en los objetos a atrapados en él. Será de los efectos sujeto, por los que se paga con angustia señal, que dependerá el poco de libertad que el hablante encarnado en esos objetos pueda usufructuar. Lo que no es ni mejor, ni peor. Los resultados sólo podrán ser evaluados por dicho hablante una vez que hayan ocurrido.

El trabajo psicoanalítico favorece mejores destinos, en tanto facilita que no queden inconscientes las letras que los efectos sujeto, permiten emerger metafóricamente atravesando la represión y de esa manera construir la nueva significación que la metáfora vehiculiza como efecto del deseo que, inconsciente, circula. El hablante en cuestión, hará luego con ese fruto, lo que su lógica temporal en relación con su estructura borromeica le permita.

Es en referencia a esta lógica, que se despliega en forma diferente según la modalidad de relación con la castración, con lo que falla, que se origina cada tipo de discurso. Lacan matematizó cinco, yo propongo agregar otros tres. Esta lectura del acto analítico, es lo que intenté condensar en el abstract enviado a la comisión organizadora del Encuentro.

En él digo: Debido a su atrapamiento como objeto, entre los tres registros de su experiencia de vida, el ser hablante sólo accede con poca frecuencia a resultar sujeto. Este acceso resulta efecto de articulaciones significantes que lo representan para otros significantes, pero al costo de su escisión por el tironeo entre significantes y por lo que las significaciones le restan de su ser objeto y de lo que de los (o)Otros, se le presenta como objeto. En ese punto interviene la epistemología psicoanalítica que deviene de saber sobre dicha lógica, produciendo un saber hacer que sitúa mejor al hablante ante los desafíos de las castraciones.




[1] epistemología. Del gr. f. Doctrina de los fundamentos y métodos del conocimiento científico. Me refiero con ruptura epistemológica, a la observación y conceptualización acuñadas por Gastón Bachelard con respecto al pasaje de una ciencia a otra vecina pero estructural y radicalmente distinta, tras la convocatoria que provoca algún importante obstáculo epistemológico. Bachelard decía bellamente: “"el conocimiento de lo real es una luz que siempre proyecta alguna sombra"
[2] Lacan: Lituraterre
[3] Descrito por Donald Winnicott en Realidad y Juego y proyectado por Freud en El poeta y su fantaseo