Mostrando entradas con la etiqueta A los Amigos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta A los Amigos. Mostrar todas las entradas

Falleció Emilio Rodrigué, el psicoanálisis está de luto

Hoy, 21 de febrero a las 5 de la madrugada, falleció en Bahía de San Salvador Emilio Rodrigué. Gustaba decir que su navío había encallado definitivamente en esa bella tierra. Nunca quiso volver a la nuestra. Como si una voz de la sangre muy profunda, le hubiera hecho establecer su tienda en ese bello mar de Vinicius de Moraes alumbrado por su Faro de Itapoa cerca del cual Emilio vivió mucho tiempo, y antesala del Pelourinho, tan bello como alegre - triste. Así también era Emilio Rodrigué.

Será muy discutido, justamente porque fue muy productivo. No callaba e incitaba a hablar. Supo de lo sublime y lo mísero, viviendo a fondo y hasta el fondo la vida. A veces, tal vez demasiado.
En psicoanálisis, transitó desde el kleinismo ortodoxo hasta manejar tan bien Lacan, como para llegar a decir en su célebre biografía, Freud en el siglo, que Ana Freud había sido el síntoma de Freud y el psicoanálisis su sinthôme. Supo de muchas otras corrientes psicoterapéuticas para recalar nuevamente luego, y con pericia de Maestro, en su punto de partida: el psicoanálisis.

Supo de muchas mujeres y no se privó de traiciones fieles al deseo. Supo de abandonos que lloró mucho, pero a los que no rindió su vida. La tragedia lo acompañó varias veces, la sorteó como pudo, trabajando, disfrutando soles y playas, escribiendo y refugiándose en el humor. Bromista incorregible, cada vez que un amigo le presentaba una esposa, ostentosamente intentaba “levantársela” para terminar requiriéndole a dicha mujer cuidados maternos.

Escribía más allá de los límites en que se debe escribir, pero no podía ni quería impedírselo. Así también soportó muchos escritos y dichos obscenos que se dijeron sobre él. Su estilo era procaz, incisivo, provocativo, irónico, no sólo con los demás, también con él mismo y muchas veces con toques siniestros. Bástenos recordar en su libro La respuesta de Heráclito, el episodio en el aeropuerto, en que después de haberse ofendido porque una azafata le ofreciera una silla ortopédica motorizada, usó del beneficio secundario de la vejez para divertirse como un niño yendo de un lado para otro en su “chiche” y usándolo para transgredir, utilizando el baño de discapacitados eludiendo la prohibición de fumar.

Se burlaba del enojo y la reacción renegadora con respecto a Lacan, de muchos maestros del psicoanálisis compañeros de aventuras y de él mismo, diciendo: “-fue como el cuento de los dedos: vino el meñique y consiguió un huevito, luego el anular trajo el aceite, el mayor lo frió, el índice lo saló, y el pulgar pícaro y ladrón, se lo comió. Esa fue nuestra sensación con la entrada de Lacan en Buenos Aires, después de la gesta de Documento y Plataforma” En el chiste y la relación con su Inconsciente, podía observarse que no tenía la creencia de muchos, que la escisión de APA se había tratado sólo de una cuestión político social, sino que también habían incidido impasses que las teorizaciones de Lacan abordaron mejor que las de los escindidos.

Le debo mucho a Emilio. A la entrada, y promediando nuestra relación. Cuando dudaba aún entre psiquiatría, sistémica, psicodrama, psicoanálisis, asistí a una asamblea clandestina (1970) de la Federación Argentina de Psiquiatras que se llevó a cabo en la el edificio de la Universidad de Teología de los Protestantes, ubicado en la calle Camacuá del barrio de Flores, el mismo de mis correrías infantiles. La coronación de la asamblea en una sala atestada de psiquiatras y psicoanalistas, era el tras paso de la Presidencia de Emilio a las nuevas autoridades electas. Yo era un pichi metido entre la masa, siguiendo la escena entre curioso e interesado, esa gente formaba parte de la epopeya que se había detonado con el Cordobazo. Cuando Emilio hizo el discurso de circunstancias, fue cumpliendo con todos los agradecimientos de rigor, hasta que finalmente dijo más o menos así: “-finalmente agradezco a mis compañeros de Comisión Directiva, que tanto han obstaculizado mi tarea” Se sonrojó, se produjo un fugaz silencio que inmediatamente abrió curso a una atronadora y masiva carcajada. Atónito, miró a la concurrencia por unos escasos segundos y desde su gesto de sorpresa, hecho a reír junto a todos los demás. Yo, antiguo líder estudiantil, diestro orador combatiente de mil esgrimas verbales, no salía de mi asombro. ¿Cómo ese hombre no había quedado petrificado por el lapsus calamitoso? Ahí entendí el valor del psicoanálisis, capaz de llevar a un Maestro como él a sonreírle agradecido a su formación del Inconsciente. Luego pasaron casi treinta años. Hacía poco se había lanzado a experimentar sus shampoos, que luego rebautizaría como Terapias de una Sola Sesión.

Me despertó curiosidad. Hacía más de 10 años que había terminado mi último análisis. Una grave crisis personal me tenía nuevamente tomado. Con la técnica del auto análisis de Freud, continuaba llevando adelante mi propio análisis. Emilio vino en una de sus visitas, le pedí hacer una TUS. Siguiendo su método elegí el lugar que me resultara más pregnante. No vivía más en la casa que había habitado los últimos años, así que elegí mi consultorio. Llegó, cruzamos algunas palabras de circunstancias y me pidió que fuera haciendo el recorrido que a mí me pareciera y le fuera hablando de lo que se me ocurriera sobre diversos elementos, lugares, recuerdos de esa estancia. Así comencé, cuando quise acordar estaba hablando de cosas de mi vida. Él, en general callaba, a lo sumo picaba con algunas preguntas. Le hablé de mi preocupación porque en ninguno de mis análisis sentía que había podido emerger en extenso como para ser trabajadas, cuestiones de mi neurosis infantil. Que mis recuerdos en general eran pos primera infancia, de los 6 años para adelante, edad en la que había padecido una poliomielitis muy traumatizante. Mientras, también hablé de mis conflictos del presente que estaba viviendo, de mi separación matrimonial y mi preocupación por mis hijos. Había hablado de la eterna mala relación entre mis padres, de las debilidades de él y las obcecaciones de ella. De mi sufrimiento filial por eso.

Aparentó ablandarse la tensión en la TUS, cuando en tono jocoso entramos a hablar de Pollerudos y así continuábamos hasta que suavemente me paró y me preguntó, ¿-tu olvido de los recuerdos infantiles, serán prepolioerudos? Sentí el impacto. Dio por terminada la sesión, habían pasado unas dos horas y media. Cobró lo suyo, más bien salado, y se fue. A partir de ese día, escenas de los 4 y los 5 años acudieron a mi conciencia a borbotones, dándome muchos recuerdos encubridores para reforzar mi “auto análisis”. Obviamente no fue producto de su sola interpretación, sino que fue la coronación de muchos años de análisis previos. Pero fue su interpretación la que finalmente destrabó la puerta.
Sin lugar a dudas, se nos fue un gran analista. Como me escribió Miguel Calvano: el psicoanálisis está de luto, y agrego, y también las letras.

Al Maestro con cariño

Tema: Saldrá un libro escrito por un grupo de psicoanalistas e intelectuales que como homenaje a su cumpleaños número 80, le entregarán a Fernando Ulloa. Éste es el artículo que escribió Sergio Rodríguez.

Fernando Ulloa es un buen tipo. Fuertemente solidario y sagaz psicoanalista. Virtudes que a veces entran en colisión. Su espíritu solidario a veces le complica su sagacidad. Lo prefiero así a aquellos supuestos psicoanalistas que con tal de mantener la cáscara, pueden perder de vista el sufrimiento y hasta alguna meta mortífera de algún paciente.

Siendo su oficio escuchar y leer en lo que escucha, es un gran relator de historias. No tanto fuera del consultorio como dentro de él. Yo, que estaba habituado a una supuesta interpretación lacaniana, seca, desnuda, las primeras veces que le escuchaba algunas de sus narraciones me desconcertaba. ¿A dónde quiere ir? me preguntaba. En sus historias aparecía don Carlos o un viejo peón de campo, o... Luego fui captando que con dichas historias no me daba un sentido, un significado preciso, sino que me facilitaba situarme en un tejido extraño, en una malla que no era la mía pero que me resonaba familiar. En la que encontraba ese enigma que mi relato trasmitía sin saber que lo hacía. Entonces el enigma prendía luces que me impedían no advertirlo. Es su estilo.

Para Ulloa invariablemente fue una ocupación lograr que los psicoanalistas no fuéramos “ianos”. Su escritura siempre fue un esfuerzo, tal vez desmedido, para no ser “iano”. ¿Cuidó demasiado el culo? Tal vez, pero lo prefiero a aquellos que para sentirse dentro de una “camiseta” pierden la posibilidad de conjeturar, de permitirle al psicoanálisis ejercer su función creativa. A mí, que me siento lacaniano me facilitó ser, como dice Emilio Rodrigué en el prólogo del volumen 2 de mi libro En la trastienda de los análisis: “Creo que sos tan ortodoxo que puedes no serlo, ¿understand?”.

Cuando digo que es un buen tipo y solidario podría dar muchos ejemplos, daré sólo uno. Instalada la dictadura militar del 76, un querido y admirado colega fue secuestrado y corría el peligro de desaparecer. Utilizando conexiones familiares que nunca utilizaba, logró entrar al regimiento donde estaba el secuestrado y hablar con la mano derecha del jefe. Este liberó al colega, con la condición de que se fuera del país y... que también se fuera Fernando. Esa fue la razón de su exilio en aquellos malos tiempos. Es todo un mérito que llegue a los 80 años siendo un buen tipo solidario y sagaz psicoanalista. ¿Verdad?.

Tenemos muchas diferencias en el terreno teórico y práctico. Principalmente cuando recorremos los caminos de la extensión del psicoanálisis más allá de los límites de los análisis de una persona. Sin embargo, lo considero mi Maestro. He tenido muchos maestros. Pero Fernando ha dejado en mí una fuerte impronta de libertad, responsabilidad y rigurosidad. Libertad que no es arbitrariedad ni libertinaje, porque en el a posteriori siempre se pregunta si el acto ejercido sirvió, resultó inútil o fue contraproducente. Ahí: responsabilidad y rigurosidad. No la inhibición almidonada de aquellos a los que, por querer ser siempre exactos, frecuentemente se “les escapa la liebre”. El consultorio de Ulloa ofrece calidez, seguridad, sorpresa. Recuerdo una interpretación que me hizo por la vía de un aparente comentario de circunstancias, de saludo de despedida, cuando ya me iba y estaba de espaldas a él y que me clavó los zapatos al suelo. Fue un verdadero tiro por la espalda, que me facilitó vivir.

Ulloa es un importante teórico, lo que suele subestimársele. Comentaré un ejemplo de su importante artículo Herramientas personales y domésticas de mi práctica psicoanalítica publicado en Psyche Nº 7 de marzo de 1987 y con algunas modificaciones en su libro Novela Psicoanalítica editado por Paidos. Hablando de un concepto construido por él y al que llama Estructura de demora dice: “Pueden describirse entonces diferentes aconteceres. Por de pronto los siguientes: siento, quiero o no quiero lo que siento, creo –acerca de este querer o no querer- lo que siento. Luego vendrá lo memorioso y finalmente algo que denomino: lo impensado. Aclaro que sólo estoy estableciendo una cronología por requisitos de exposición. En la realidad no hay tal secuencia. Siento describe un sentir elemental, aquel que señala que todo organismo vivo es reactivo al medio, o sea que lo interpreta para vivir o para sobrevivir. Entonces sentir es placentero o paranoide según lo que interprete. De inicio suele prevalecer el acontecimiento paranoide. Es fácil entender que se quiere o no se quiere lo que se siente. Este quiero o no quiero puede considerarse base de la primera operación elemental clínica en tanto promueve acercamiento o alejamiento espacial o cambios corporales y procesos emocionales. Desde lo anterior surgen en el psicoanalista las creencias acerca de estos movimientos y afectos.

Estos verbos: siento, quiero, creo, designan la manera como el clínico “está afectado”, involucrado emocionalmente, diría afectado por contagiado, frente al clinado. Aquí llegamos a una estación importante en la estructura de demora. Estar afectado no sólo significa estar involucrado o contagiado, sino que también tiene el sentido de estar afectado a una tarea. Pues bien, esta vocación, esta tarea, en psicoanálisis es la de la abstinencia, que no es tarea de supresión o purificación sino que se afecta como tarea al estar afectado, involucrado para perfeccionar la acción clínica.

Detengámonos. El creo –tal o cual cosa- suele ser la expresión más frecuente del estar afectado, contaminado. Guarda poca objetividad con lo que el clinado expresa, sino que se refiere a lo que le acontece al clínico frente al estímulo que ha recibido. En este sentido la creencia se emparienta con la sustancia de la cual están hechos los delirios. Si el psicoanalista habla desde su “creo que”, está sólo opinando. Esta opinión significa más que una objetivación acerca del campo, el imperativo de una catarsis emocional. El abstenerse de esta descarga emocional opinante, trasforma el siento, quiero, creo, en algo así como un importante nicho ecológico emocional pronto a albergar una próxima idea aún impensada. Se va estructurando la demora, por el momento emocional, que agudiza empatía clínica. Podría generalizar diciendo que un psicoanalista “no opina” (en el sentido que aquí señalo) y que ésta es la primera estación de la abstinencia.

Toca ahora el turno a las ideas, a lo específico del pensar. Se trata de un pensar memorioso. De cuatro memorias. Próximo a la creencia no opinada, surge la memoria de propias experiencias que evocan en el analista situaciones personales semejantes a las de su analizado. Es la importante memoria que permite poner en nosotros lo del otro. Es la base de la continencia clínica. También la memoria se ocupa de aquellos otros momentos semejantes en la historia del analizado. Es la memoria que permite organizar el hospital del paciente.

Por ahí surgirá la memoria casuística que agrupa al sujeto con otros analizados.
Finalmente la memoria más importante y frecuente: la memoria teórica, que encuadra en determinado capítulo teórico al paciente y su suceder.
Nadie duda de la importancia de la continencia, el historial clínico, la casuística o la ubicación teórica, mas el psicoanalista en el acto psicoanalítico si quiere acceder a la singularidad interpretativa eficaz “no habla de memoria”.

Pero así como no suprimió el registro afectivo tampoco suprime el registro memorioso. Sólo lo demora hasta alcanzar el premio de esta demora. El premio llega en la forma de una idea nueva que se articula con lo que llamé el nicho ecológico emocional. Se estructura una distinta relación ideativa – emocional: lo impensado... hasta ese momento. Lo impensado es el resultado de ambas abstinencias, la de opinar y la de hablar de memoria. Lo impensado es una de esas ideas clínicas que integran el repertorio de las ideas descartables. Se integra en base a dos núcleos: el que resulta de la abstinencia de opinar, que agudiza la intuición clínica y el que resulta de la abstinencia memoriosa que acrecienta la eficacia ideativa de la palabra. Lo impensado que habla al y del inconsciente del analizado disparará en éste otro producto: lo impensable. Pero esto es otra historia”

Ulloa logra discernir las claves de la metapsicología, la estructura estructurante, de la interpretación psicoanalítica “suficientemente buena” y de sus efectos en el analizante.
Leamos: Comienza haciendo una descripción fenoménica de aconteceres habituales en la persona del analista mientras escucha. Desmenuza las pasiones de sus sentimientos y de cuatro formas con que la memoria lo asalta. Propone que hacer con eso para que advenga lo necesariamente esperado: lo impensado.

Discierne como: sentir, querer, creer; afecta al analista, contagiándolo de su paciente y otorgándole pertinencia en el trabajo con él. Y que esa pertinencia se jugará en la abstinencia que pasa a definir: no es tarea de supresión o purificación sino que se afecta como tarea al estar afectado, involucrado para perfeccionar la acción clínica. Le quita a la abstinencia psicoanalítica toda connotación superyoica sacrificial y la torna tributaria del deseo de cada analista de perfeccionar su accionar clínico. Subraya que el siento, quiero, creo; son efectos del acontecer en la subjetividad del analista y no tienen relación confiable con lo que le está ocurriendo al analizante. Acentúa el carácter de creencia de lo que ahí se incuba y su cercanía con el delirio. Y recorta lo que lo causa: el impacto en la castración del analista ante lo que escucha, que lo angustia y lo presiona a la catarsis opinante. El abstenerse de dicha catarsis es lo que: trasforma el siento, quiero, creo, en algo así como un importante nicho ecológico emocional pronto a albergar una próxima idea aún impensada. Se va estructurando la demora, por el momento emocional, que agudiza empatía clínica.

Luego describe las memorias al asalto: 1) Memoria de experiencias en la propia vida parecidas a las del paciente. Facilitará ser hospitalario con el paciente. 2) De casuística que compara al paciente con otros. 3) La teórica, a la que declara la más importante por la posibilidad que brinda de colocar al paciente en algún capítulo de conceptos. Remata esta descripción con esta aseveración fundamental: Nadie duda de la importancia de la continencia, el historial clínico, la casuística o la ubicación teórica, mas el psicoanalista en el acto psicoanalítico si quiere acceder a la singularidad interpretativa eficaz “no habla de memoria”. A la vez que marca la utilidad de dichas memorias subraya desestimarlas, para lograr singularidad y eficacia en la interpretación.

La clave: no opinar, ni suprimir el registro afectivo ni el memorioso. A éstos, demorarlos. Se forja así un nicho ecológico (refugio de conocimientos en equilibrio) emocional que alojará la llegada de lo impensado que dicha demora disparará y hablará del y al inconsciente del analizante para que en él se dispare lo impensable: aquello que sólo el sujeto está en condiciones de advertir en sí mismo. Lo impensado será descartable, cosa que la experiencia cotidiana nos reafirma cada vez que el paciente se refiere a una supuesta interpretación que nosotros ni logramos recordar.

A mi modo de entender esto, Fernando coloca la operación analítica singular y eficaz, en el registro de la comunicación de inconsciente a inconsciente, aludida por Freud, Racker, Lacan, Winnicott y otros. La retira del proceso secundario de los pensamientos pensados, de lo Imaginario; y la lleva a articular una relación entre lo Simbólico y lo Real en que lo inconsciente agujeree a lo real.

Esta descripción, interpretación y propuesta de forma de trabajo, es una producción original de Ulloa. En la cual no hay “iano”, sí: precipitación de maestría en un Maestro.
Su pasión de originalidad hace difícil a veces compartir paneles con Fernando. Toma una dimensión tal, que dificulta a los otros panelistas y al público encontrar un lugar donde situarse. Pero si uno logra demorar el enojo, tomar cierta distancia y observar, puede terminar enterneciéndose (la ternura, otro de los objetivos teóricos de nuestro homenajeado). A uno se le despierta la ternura que despiertan los chicos cuando a toda costa buscan el centro de la escena. Y ese es otro mérito de Fernando, frisando los 80 sigue teniendo algunos rasgos de niño. Rasgos que contribuyen en su estructura de demora a pergeñar intervenciones que sólo la frescura de un niño puede pergeñar.

Tal vez quien lea estas líneas se esté preguntando ¿Sergio se habrá analizado con Ulloa?. Es una pregunta que muchas veces me hice. Informo que con él “supervisé” cuatro años paralelamente al transcurso del último de los tres análisis por los que pasé. También durante un año, un hijo mío y yo hicimos con Fernando una terapia conjunta. Esa es la información. La lectura de dicha experiencia me precipita, al terminar estas líneas, a creer que efectivamente me analicé con Ulloa. Sé que rompo muchos imaginarios. ¿Cómo se sostuvieron dos transferencias paralelas, dos modalidades distintas de intervención sobre mi discurso? Lo que puedo decir es que se sostuvieron y que ambas incidieron en re-anudar mi nudo Borromeo, en acercar mis deseos y mis goces, en transformarme síntomas en “sínthomas”. Por supuesto ninguno de los cuatro análisis logró doblegar algunos de mis síntomas. Pero se me hace evidente que llevo una vida mucho más en paz, que si ellos no hubieran transcurrido. Esta precipitación refuerza una creencia que sostengo hace unos cuantos años de que es preferible, no obligatorio, que el analista se analice y supervise con un mismo analista cada vez. También, que es mejor que los analistas hagan más de una experiencia de trabajo con su inconsciente.

Finalmente: ¿qué creo que he sido para Ulloa? Lo que él me ha dicho más de una vez pública y privadamente: “un amigo extranjero”. Familiar y siniestro. ¿Qué es él para mí? Un sueño inquietante, cercano al despertar a lo real y en el que como nos enseñó Freud las “o”, deben ser interpretadas como “y”.

Cuando dos amigos se van

Recién llegado comenzó a buscar. Si no fuera por el libro, su querida Chichú y Pedro, hubiera partido antes. Tenía apuro por reencontrar al amigo. Pero… en fin, ya estaba allí. Ansioso como siempre, se puso a buscar. Paso a paso, panza adelante un poco bamboleante, el mechón rebelde sobre la frente, sonrisa zorra imaginando la sorpresa en el rostro niño de Emilio, cuando lo viera.
Allá estaba. Unas cervezas, en la sombra de un árbol de hojas ampulosas, una mesa redonda de madera vieja y húmeda… ¿Bahía? Hasta sonaba su mar perezoso y tibio… ¿Cómo podía ser? En el Olimpo, todo puede ser. Hasta la escena que estaba viendo. Emilio de espaldas, con su cuello corto y regordete color chocolate, haciéndole bromas a Edipo recuperado de su inútil ceguera. Como siempre, hablaba con voz un poco nasal, mientras distraía al tebano de su mano, que jugueteaba como al pasar con las nalgas de Yocasta. -¡Viejo verde! ¡Pierde la vida terrenal, pero no las mañas!

Se acercó, procurando que no lo vieran. Sigilosamente lo tecleó con su índice en el hombro. Sorprendido y con una ligera cara de culpable, Emilio se dio vuelta. Cual no sería su sorpresa al encontrarse con Fernando. -¡¿Qué hacés tan temprano por acá?! Fernando contestó: -Me conocés, soy recíproco. ¿Te acordás 1970, mi última intervención en APA? Me iba y alguien me pronosticó que me quedaría sin amigos. No me importaba y se los dije. Pero no me olvido que cuando llegué a casa sonó el teléfono, y me encontré con tu voz diciéndome “Fernando, habla Emilio, tu nuevo amigo”. Y a los amigos no se los deja ni en las buenas ni en las malas. Aunque veo que tan mal no te está yendo.

Repuesto de la sorpresa y sonriéndose, Emilio contestó –bueno, vos sabés, el tal Edipo no es particularmente lúcido y su mami…no está tan mal… sólo un poco vieja para mí…, pero es tan desatada. Hace cualquier cosa, así qué…
Fuera de la vista de los dos y un tanto distantes de la escena, miraban divertidos el viejo Sigmund y don Pascual. Sigmund le decía –siempre fue igual, nunca respetó normas elementales de la Cultura…¡Fíjese don Pascual, que tuvo el descaro de poner de manifiesto en la biografía que escribió sobre mí, el affaire que tuve con Minna! ¡Y no contento con eso se dio el lujo de interpretar mi enamoramiento de Lou Andrea! Fernando, que había escuchado lo dicho por el Viejo gracias a un golpe de brisa, sonrió cómplice y recordó cuando Emilio escribió en Ondina…, que lo había invitado a ir “de putas”. La de explicaciones que tuvo que darle a Chichú, sobre las fantasías y la pluma irresponsable de Emilio. Mientras, don Sigmund seguía hablando de Emilio, -Nunca supo de límites, Bah, no se si nunca, cundo era un sobreprotegido de la mamá y las tías, un poco. Pero ahí también se preparó el desorbitado de la adultez… Sí, tampoco de la juventud, en la que aún era tímido. Don Pascual, el viejo peón del campo de los Ulloa, sonreía socarrón.

Siempre se había dado cuenta que tras ese buen chico, diestro para el caballo, curioso de cómo pialar, observador de los orejanos, había otro orejano. Metido en todas las tareas del campo, no se hacía presente a la hora de obedecer y sus mejores amigos eran los hijos de la peonada. ¡Cómo corría por esos campos, traveseando como ellos! Bueno con la gomera, la pelota y el caballo. Pero siempre algo abstraído, como si su cabeza, que no era chica, estuviera más allá que las de sus amiguitos, tratando de entender algún misterio de la tierra, los animales, la gente, sus amigos. Tal era así que no le llamó la atención cuando, terminando medicina, dijo que iba a ser psicoanalista. Y eso que no entendía qué quería decir esa palabra, pero si Fernandito la había elegido, “-di seguro que era buena”. Seguro también, que aunque era hombre de una mujer, se divertía con las transgresiones infantiles de Emilio. “-ir de putas…” Bonita forma de vencer su timidez. Y eso que al igual que alrededor de Fernando, las mujeres seducidas, rondaban a Emilio.

De algunas, se hizo cargo, grandes y tormentosos amores, casi incestuosos. Hasta el último su Graça, fue capaz hasta de casarse por Candomblé. Aunque bueno es decirlo, no tan en el fondo, creía bastante en el culto de su Mae do Santo…Gibosos, conversadores, don Sigmund y don Pascual se alejaron. El viejo vienés entre escandalizado y divertido. Don Pascual, sin saber la innúmera cantidad de veces que el botija Fernando, lo citaba en las trasmisiones de su saber estar en psicoanalista.

Tomados del hombro y caminando hacia el mar, Fernando hablando infinitamente y Emilio haciendo algún toque filoso y humorístico, se iban dándonos la espalda a Daniel Feijó y a mí que aún aquí los despedimos tristes y satisfechos. Satisfechos por todo lo que nos dejaron. Satisfechos como una pléyade de psicoanalistas, de hombres y mujeres de mil profesiones que tuvimos el lujo de encontrarnos con ellos. Satisfechos y tristes, porque por primera vez nos daban la espalda. Aunque gozosos, les concedíamos ese derecho. Se escuchaba la risa franca, amplia casi asmática de la voz cascada de Fernando y la risita espasmódica, pilla, que nos dejaba imaginar sus cejas y ojos levantados por sobre el marco de sus anteojos de Emilio. La ternura, no sólo fue teoría. Fernando en su últimos tiempos, a veces, me llamó Sergito.

Súbitamente murió Ricardo Estacolchic

Queridos seres queridos de Ricardo, estimados compañeros de la Escuela Freudiana de Buenos Aires a quienes agradezco la invitación a participar de este homenaje, y demás compañeros del movimiento psicoanalítico.

Ricardo Estacolchic era una buenísima y bella persona. Además un gran psicoanalista. Les leeré uno de los múltiples mensajes que me llegaron y que habla de eso mejor que como lo puedo decir yo. Es de Gustavo Aranda, que fue uno de sus amigos dilectos cuando vivió en Buenos Aires y con quien seguía carteándose: "Querido Sergio: gracias por avisarme, aunque sea una tan triste noticia. Hemos perdido un amigo incomparable. Hace poco le decía en carta manuscrita, que era como preferíamos comunicarnos, que siempre lo asociaba a esos versos de Borges, referidos a otro Ricardo -Güiraldes- célebremente macanudo también: Nadie podrá olvidar su cortesía./Era la no buscada, la primera./Forma de su bondad, la verdadera./Cifra de un alma clara como el día.

Ricardo Estacolchic fue un hombre complejo, tanto y probablemente más, que el común de los mortales. Pero con una particularidad que no a todos distingue: quiso vivir su vida de tal manera que sintiera que valía la pena vivirla. A eso los psicoanalistas solemos definirlo desde Lacan: como que trataba no ceder en su deseo. Por eso recurrió a analizarse y llevó su análisis hasta el final, sin darse tregua cuando eso dolía o resultaba difícil. A partir de cierto momento de aquel, buscó enfrentar las complicaciones que le traían a él y a sus seres queridos sus deseos en su relación con su goce, tratando que los daños imposibles de evitar, resultaran los menores posibles para ellos y para él. Ordenó sus complicaciones de tal modo, que cada uno de nosotros recibió de él, lo más que podía dar. Nunca pedía nada a cambio, pero recibía gozoso lo que se le daba.

Tensó hasta los límites de lo imposible sus complejidades. Quizás, cuando como Ícaro decidió ir más allá, su corazón le dijo basta. Pero no había sufrimiento, ni dolor, ni temor en su rostro. Tal vez descanso. Seguramente no advirtió que se moría, por lo tanto perdió la vida contento, se sentía en su mejor momento. Estaba muy alegre por haber hecho su pase, y por estar investigando febrilmente sobre el final de análisis. Estaba muy contento también, con que bajo su presidencia la Escuela Freudiana de Buenos Aires hubiera podido comprar esta linda casa. Era tan genuinamente modesto, que una vez comentando el asunto le dije: "la verdad, es que la gente de la Escuela tiene que hacerte un monumento, no sólo terminó el ejercicio sin déficit sino que además se compraron una casa" Riéndose me contestó: "No te olvides que soy un ruso" a lo que riéndome le retruqué: "bueno, pero no sos el primer ruso que es presidente de la escuela" lo que terminó el episodio en medio de nuestras carcajadas. Así fue buena parte de nuestra relación, y no porque tanto él como yo no hayamos atravesado dramas y hablado amistosa y francamente de ellos. Pero en algún momento surgía un toque de humor. Eso me hizo decirle alguna vez: "gracias al análisis pasaste de ser un personaje de Dotoievsky a uno de Sholem Aleijem". Observación que lo puso muy contento.

Pocos días antes de su muerte, hablábamos sobre algún tipo de analistas que cree poder saber que es lo mejor para sus pacientes e intentar inducirlos a eso. Entonces me dijo: "mirá, no sé a cuantos de los muchos que traté habré curado, pero si sé que a ninguno le hice daño porque siempre me guié por el respeto al sujeto". En ese dicho, resumió, lo fundamental de su ética.
Se arregló lo mejor que pudo con su vida. Se fue de ella sin demasiadas deudas, en cambio somos muchos, los que tendremos que hacer honor a nuestras deudas con él. Seguramente por las calles de Buenos Aires, por la plaza de Sarmiento y Bulnes, o por algunos de sus bares, lo encontraremos con su caminar cansino, o jugando al ajedrez con jubilados, o haciéndonos reír con algunas de sus humoradas o de sus gestos desmedidos.

Paulo Medeiros, un colega brasilero me envió un hermoso mensaje de condolencia. En una de sus partes cuenta que Joao Guimaraes Rosa cuando se hizo cargo de su asiento en la Academia Brasileira de Letras dijo: "as pessoas nâo morrem, ficam encantadas" . Y Medeiros, obviamente refiriéndose a Ricardo agregó: "Assim o creio em relaçâo a certas pessoas". Comparto su creencia.
Lo único que enseña el psicoanálisis, es que lo importante de un hombre no es su muerte, sino, si vivió su vida. Ricardo Estacolchic la vivió hasta su máxima tensión.

Cuando relató su pase en Intersecciones, contó lo que consideró su sueño de fin de análisis. No lo recuerdo en toda su extensión, sí que transcurría en un acto quirúrgico en el que en un momento el cirujano le dice: "paquete vasculonervioso". Días después, charlando sobre el mismo le hice notar el juego significante, a lo cual me respondió con una risotada cómplice. Como amigo que soy, no puedo contener un dejo de resentimiento y repetirle lo que su Otro le espetó en el sueño que él elaboró: "¿pa' que te vas, culo nervioso!"

Sergio Rodríguez 11 de abril del 2001