Psiconálisis y política

Se rumorea que la mayoría de los políticos argentinos no se psicoanaliza. Dato difícil de verificar. Para que el psicoanálisis funcione debe ser confiable el secreto profesional de sus prestadores. Según mi experiencia de 35 años de oficio, aquel rumor podría ser cierto. ¿A qué se debe en un país como la Argentina, con una de las mayores tasas de analizantes en el mundo, contando no sólo los consultorios privados sino también las instituciones públicas? Siendo, además, un país que no ha sido arrasado aún por los perros (primeros objetos de los experimentos pavlovianos) de las terapias cognitivo conductuales, ni por la utilización de psicofármacos masivamente y marginada de los tratamientos por la palabra, como ocurre en EEUU.
Psicoanálisis y política, tradicionalmente, han tenido una relación conflictiva. Que la sociedad funcione, exige dirigentes que acierten y masas identificadas a las indicaciones de ellos, lo que requiere la disolución de los rasgos subjetivos en los vaivenes de las mayorías.
Tres cuestiones obstaculizan a los políticos psicoanalizarse. 1) El Psicoanálisis, al trabajar en función de los deseos inconscientes de cada sujeto para acercarles sus goces, tiende a eliminar su dilución en el efecto de masa, tan necesario al accionar político. Eso hace que los estados más basados en la represión política y la masificación (nazis y stalinistas en el siglo XX) hayan sido los más sanguinarios contra el psicoanálisis. No soportaban la subversión de los sujetos a ser juguetes del dictador de turno. 2) Hasta la aparición de Wilhelm Reich, Ferenczi, Winnicott y particularmente la enorme influencia de Lacan, el análisis era propulsado como una aventura del pensamiento. Los citados, lo concibieron mejor, como una práctica para elaborar la experiencia en su relación entre Inconsciente y conciencia, con el fin de arribar a un accionar decidido y acorde con los deseos que animan a quienes lo utilizan. 3) El político, por estructura de su oficio, tiene que ser un hombre de acción. Muchos de ellos temen que el análisis los sumerja en dudas e indefiniciones que les dificulten actuar. Un buen psicoanálisis por el contrario, les facilitaría pasar al acto en el sentido de sus deseos. Los ejemplos de Mitterand, hechos públicos hace poco, son muestra palpable.
El psicoanálisis no puede ser una práctica reformadora en el sentido de “la moral y las buenas costumbres”. Nadie sale de un análisis más bueno o más malo de lo que entró. Saldrá más o menos agresivo o cruel, de acuerdo a si sus soportes pulsionales inconscientes analizados, hayan encontrado y en que medida, la sublimación como destino. Homenajeo con estas líneas a Wilhelm Reich, expulsado de la Internacional Comunista por psicoanalista y de la psicoanalítica por comunista. Terminó su vida en EE.UU. , preso por acción del macartismo. Según dijeron, “paranoico”.

Sergio Rodríguez 6 de diciembre del 2005

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